sábado, 5 de junio de 2010

El Espíritu de Dios nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especial a quienes sufren.-

Lo habrás oído más de una vez. Importantes expertos en ciencias humanas aseguran que, de ordinario, la mayoría de las personas solo viven un diez por cien o tal vez me­nos de lo que podrían vivir y disfrutar.
Solo vemos una pequeña parte de la belleza que nos rodea. Escuchamos únicamente algunos fragmentos de la música, la poesía y la vida que resuena en nuestro en­torno. Solo estamos abiertos a un campo muy limitado de emociones, sentimientos y pensamientos. Nuestro cora­zón solo conoce una parte de las experiencias posibles de ternura y amor.
Estoy convencido de que es así. Muchas personas mo­rirán sin haber vivido realmente con cierta intensidad. Algo semejante sucede con no pocos creyentes. Se mori­rán sin haber conocido por experiencia personal lo que podía haber sido para ellos una vida animada por la fe.
A los primeros discípulos de Jesús y a los cristianos de las primeras generaciones se les ve que han descubierto una manera nueva de vivir. No saben cómo explicarlo. Di­cen que han recibido el “Espíritu Santo”.
Para ellos, este “Espíritu Santo” es un regalo de Dios que reciben cuando toman la decisión de seguir a Jesús. Esta fuerza que sienten en su interior, ese impulso que los anima desde dentro, esa vida que llena su corazón, solo puede venir de Dios. Todavía hoy, cuando los cristianos recitamos el “credo”, decimos así: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”.
Yo no te puedo explicar en qué consiste esa experien­cia. Cuando estudio a Jesús veo que él está lleno de una vida que a mí se me escapa. Él vive totalmente animado y movido por el Espíritu de Dios, y yo no. Pero hay cosas que todos podemos intuir y hasta experimentar si nos acercamos a él.
El Espíritu de Dios enseña a no malgastar la vida de cualquier manera, a no pasar superficialmente junto a lo esencial, a no ir viviendo los días de manera inconsciente. Centrar nuestra vida en el Espíritu es saborear la vida de una manera más intensa y honda.
El Espíritu de Dios pone en nosotros alegría interior, introduce en nosotros luz y transparencia, nos hace cono­cer una confianza nueva ante la vida. Algo cambia en nos­otros. Vivir animados por el Espíritu nos libera del vacío y de la soledad interior.
El Espíritu de Dios nos enseña a estar atentos a todo lo bueno y sencillo, con una atención especial a quienes su­fren. Empezamos a vivir de forma más bondadosa porque crece en nosotros la capacidad de amar y ser amados.
El Espíritu de Dios nos ayuda a “renacer” cada día y nos permite comenzar cada mañana sin dejarnos derrotar por el desgaste, los errores y el cansancio del vivir diario. No sabemos cómo ocurre, pero dentro de nosotros hay una fuerza que nos sostiene.
El Espíritu de Dios nos abre a una comunicación más confiada y sincera con Dios. Nos enseña a orar. Nuestras dudas, interrogantes y resistencias comienzan a disol­verse. No es que hayamos encontrado razones y argu­mentos nuevos para creer. Es otra cosa. Nuestro corazón está cambiando. Sentimos a Dios de otra manera.
Si vives algo de esto, enseguida te darás cuenta de que es un regalo. No lo estás consiguiendo tú a base de es­fuerzo y trabajo personal. Lo único que tienes que hacer es abrir tu corazón, estar atento a lo que sucede dentro de ti, acoger a Dios con alegría y dejar que él te vaya trabajando.
Yo no sé exactamente cómo se despierta de nuevo la fe en una persona que lleva muchos años viviendo de espaldas a Dios. Solo sé una cosa. Cuando alguien, desde el fondo de su ser, sabe decir: “Ven, Espíritu Santo de Dios, renueva por dentro mi corazón”, en esa persona comienza una nueva fe. Si persevera en esa actitud interior, su vida cambiará.
Pagola J., Creer, ¿para qué? Conversaciones con alejados, Madrid 2008, 145-147
(Enviado por el sacerdote salesiano Juan M. Algorta)