EL JORNALERO QUE LLEGÓ AL AMANECER
Dolores Aleixandre
La enfermedad de nuestra hija arruinó mi vida.
Yo había nacido en Galilea, en una aldea cerca de Caná y heredé de mis
antepasados un viñedo espléndido, plantado hacía más de cien años y que
iba pasando de padres a hijos. Me casé, tuve hijos y mi vida transcurría en paz
según las palabras del Profeta: “Habitarán cada uno debajo de su parra y de
su higuera” (Mi 4,4).
Pero mi hija menor comenzó a padecer una extraña enfermedad de la que
nadie parecía conocer ni el origen ni el remedio y tuve que peregrinar de
médico en médico, sin que sus costosos tratamientos, que acabaron por
arruinarnos, lograran sanarla.
La niña murió y tuve que vender mi viña para pagar mis deudas; el día en que
se selló el contrato de venta, sentí que me arrancaban junto con ella las raíces
de mi esperanza. Tuve que entregar también a mis acreedores la casa de mis
padres.
Mi esposa y yo abandonamos el pueblo que nos había visto nacer para
trasladarnos a un barrio mísero en las afueras de Caná, con la esperanza de
que, como era tiempo de vendimia, alguno de los propietarios me daría trabajo
de jornalero.
Al amanecer me presenté en la plaza y cuando a primera hora llegó el dueño
de uno de los mejores viñedos, señaló con su dedo a diez hombres que, como
yo, esperaban en silencio. Oí que ajustaba el salario en un denario pero a mí
debió considerarme viejo y con pocas fuerzas y no me eligió.
Volvió a mediodía para llevarse a los pocos que quedaban y yo me senté en
una esquina de la plaza con la cabeza hundida entre mis brazos, escondiendo
de las miradas de los demás mi humillación y mi vergüenza.
A media tarde volvió, se acercó a mí y me preguntó:
“¿Nadie te ha contratado?”.
“Nadie, señor”, le respondí tragándome el orgullo.
“Ven entonces a trabajar a mi viña”.
Le seguí asombrado porque faltaba sólo una hora para la caída del sol y me
puse a recoger racimos con la torpeza de quien nunca ha trabajado con sus
manos, acostumbrado a dar siempre órdenes a otros.
Cuando los capataces dieron la señal de fin de trabajo y ordenaron que nos
fuéramos acercando a cobrar el salario empezando por los que habíamos
llegado los últimos, pensé que me pagaría sólo unos céntimos. Pero cuál no
sería mi sorpresa cuando vi que el dueño ponía en mi mano una moneda de un
denario.
Le miré con asombro agradecido y cuando se cruzaron nuestras miradas sentí
que sus ojos penetraban hasta lo más hondo de mi tragedia con un respeto y
una compasión que nunca antes había experimentado.
“Vuelve mañana”, me dijo y, mientras me alejaba, oí las protestas de mis
compañeros al ver que cobraban lo mismo que yo.
El amo no pareció alterarse ante sus quejas y dijo:
“¿Es que no ajusté con vosotros un salario justo? Si quiero darle a ese otro lo
mismo que a vosotros ¿por qué os enfadáis? ¿O es que vais a impedirme ser
bueno y actuar con generosidad con quien yo quiera?”.
“Ser bueno, actuar con generosidad…” Eran unas palabras y una conducta
a las que no estaba acostumbrado y que me invitaban a salir de los criterios
estrictos de la retribución para respirar un aire que me era desconocido.
No lo dudé ni un instante. Al día siguiente, antes de que amaneciera, ya
estaba yo trabajando en la viña y, cuando llegó el amo, había ya llenado con
racimos varias espuertas.
– “No me pagues este tiempo de más. También yo quiero tener un corazón
bueno como el tuyo”, le dije.
Y leí en su mirada la alegría de haber conseguido contagiar a otro el misterio
de su gratuidad.
(Enviado por Juan M,.Algorta ,Sacerdote Salesiano)