lunes, 20 de agosto de 2012

Las cosas que no preciso para ser feliz


                        (de Frei Beto Fraile dominico brasileño)

Al viajar por el Oriente mantuve contactos con monjes del Tibet, de Mongolia,
de Japón y de China. Eran hombres tranquilos, comedidos, envueltos en
paz en sus túnicas color de azafrán. Un día observaba yo el movimiento del
aeropuerto de São Paulo: la sala de espera llena de ejecutivos con teléfonos
celulares, preocupados, ansiosos, generalmente comiendo más de lo debido.
Seguro que ya habían tomado café por la mañana en casa, pero como la
compañía aérea ofrecía otro café, todos comían vorazmente. Eso me hizo
reflexionar: “¿Cuál de los dos modelos produce felicidad?”

Encontré a Daniela, de diez años, en el ascensor a las nueve de la mañana
y le pregunté: “¿No has ido a clase?” Ella respondió: “No, tengo clase por la
tarde”. Añadí: “Qué bien, entonces por la mañana puedes jugar y dormir hasta
más tarde”. “No -replicó ella-, tengo mucho que hacer por la mañana”. “¿Qué
cosas?”, le pregunté. “Clases de inglés, de ballet, de pintura, piscina”,
y siguió enumerando su programa de muchacha robotizada. Me quedé
pensando: “¡Qué pena que Daniela no dijo: Tengo clase de meditación!”.

Estamos construyendo superhombres y supermujeres, totalmente equipados
pero emocionalmente infantilizados. Por eso las empresas consideran ahora
que más importante que el QI es la IE, la Inteligencia Emocional. No sirve de
mucho ser un superejecutivo si no se consigue relacionarse con las personas.
Entonces ¡qué importante sería incluir clases de meditación en los currículos
escolares!

Una progresista ciudad del interior de São Paulo tenía en 1960 seis librerías y
un gimnasio; hoy tiene sesenta gimnasios y tres librerías. No tengo nada contra
el cuidado del cuerpo, pero me preocupo por la desproporción en relación con
el cuidado del espíritu. Está bien que todos muramos esbeltos: “¿Cómo estaba
el difunto?”, “Hecho una maravilla, no tenía ni una arruga”. Pero ¿cómo queda
la cuestión de la subjetividad? ¿de la espiritualidad? ¿de la ociosidad amorosa?

Antes se hablaba de la realidad: análisis de la realidad, insertarse en la
realidad, conocer la realidad. Hoy la palabra es virtualidad. Todo es virtual.
Se puede tener sexo virtual por Internet: no se contagia el SIDA, no hay
involucramiento emocional, todo se controla con el ratón. Encerrado en su
cuarto en Brasilia un hombre puede tener una amiga íntima en Tokio, sin mayor
preocupación por conocer a su vecino de apartamento o de cuadra. Todo es
virtual. Entramos en la virtualidad de todos los valores, no hay compromiso con
lo real. Es muy grave ese proceso de abstracción de lenguaje, de sentimientos:
somos místicos virtuales, religiosos virtuales, ciudadanos virtuales. En cuanto a
esto, la realidad va por otro lado, pues somos también éticamente virtuales.

La cultura comienza donde termina la naturaleza. Cultura es el refinamiento
del espíritu. La televisión en Brasil -con raras y honrosas excepciones- es un
problema: a cada semana que pasa tenemos la sensación de que somos un
poco menos cultos. La palabra hoy es “entretenimiento”; así, el domingo es
el día nacional de la imbecilización colectiva. Imbécil el presentador, imbécil
el que va y se sienta en el sofá, imbécil quien pierde la tarde ante la pantalla.
Como la publicidad no consigue vender felicidad, tenemos la ilusión de que
la felicidad es el resultado de la suma de placeres: “Si toma este refresco,
calza estos tenis, usa esta camisa, compra este auto, ¡usted llega a ella!” El
problema es que, en general, no se llega. Quien consiente desarrolla de tal
manera el deseo, que acaba necesitando de un analista. O de fármacos. Quien
resiste, aumenta la neurosis.

Los sicoanalistas tratan de descubrir cómo hacer con el deseo de sus
pacientes. ¿Dónde ponerlos? Yo, que no soy de esa área, puedo darme el
derecho de presentar una sugerencia. Creo que sólo hay una salida: cambiar el
deseo hacia dentro, gustarse a sí mismo, comenzar a ver lo bueno que es ser
libre de todo ese condicionamiento globalizante, neoliberal, consumista. Así se
podría vivir mejor. Además, para una buena salud mental son indispensables
tres requisitos: amistades, autoestima, ausencia de estrés.

Hay una lógica religiosa en el consumismo moderno. Si alguien va a Europa
y visita una pequeña ciudad donde hay una catedral debe procurar saber la
historia de esa ciudad -la catedral es la señal de que ella tiene historia. En la
Edad Media las ciudades adquirían status construyendo una catedral; hoy en
Brasil se construye un centro comercial. Es curioso: la mayoría de los centros
comerciales tienen las líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas; a ellos
no se puede ir de cualquier manera, hay que vestir ropa de misa dominical. Y
allí dentro se siente una sensación paradisíaca: no hay mendigos, niños de la
calle, suciedad.

Se entra en esos claustros al son del gregoriano posmoderno, esa musiquita
de sala de espera de dentista. Se ven varios nichos, todas esas capillas con
los venerables objetos de consumo, acolitados por bellas sacerdotisas. Quien
puede comprar se siente en el reino de los cielos. Si tiene que dar un cheque
diferido, pagar a crédito o mediante un cheque especial, se va a sentir en el
purgatorio. Pero si no puede comprar, ciertamente se va a sentir en el infierno.
Por suerte, todos terminan en la eucaristía posmoderna, atraídos por la misma
mesa, con el mismo jugo y la misma hamburguesa de McDonald’s.

Suelo decirles a los empleados que me invitan a entrar en las tiendas: “Sólo
estoy dando un paseo socrático”. Y ante sus ojos espantados explico: “A
Sócrates, filósofo griego, también le gustaba despejar la cabeza recorriendo
el centro comercial de Atenas. Cuando los vendedores como ustedes lo
asediaban les respondía: “Sólo estoy mirando cuántas cosas no necesito
para ser feliz”.

jueves, 2 de agosto de 2012

¿Quién Dobló tu Paracaídas Hoy?


Días atrás, recibí una historia que me gustaría compartir con ustedes. La
transcribo:

“Carlos, era piloto de un avión en la guerra de Malvinas. Después de muchas
misiones de combate, su avión fue derribado por un misil. Carlos se lanzó en
paracaídas, y fue capturado sobre las islas. A su regreso a Argentina, daba
conferencias relatando su odisea, y lo que aprendió estando como preso de
guerra.

Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó. El hombre le preguntó:

- Hola, usted es Carlos, era piloto en Malvinas y lo derribaron ¿verdad?

- Y usted, ¿cómo sabe eso? – le preguntó Carlos.

- Porque yo doblaba su paracaídas. Parece que le funcionó bien, ¿verdad?”

Carlos casi se ahogó de sorpresa y con mucha gratitud le respondió.

- Claro que funcionó, si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí.

Esa noche Carlos no pudo dormir, preguntándose cuántas veces había visto en
la base a ese hombre y nunca le había dicho siquiera Buenos Días. Él era un
piloto arrogante, se dijo a sí mismo, y él un humilde marinero.

Pensó también en las horas que ese marinero pasó en las entrañas del hangar
enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la
vida de alguien a quien no conocía.

Ahora Carlos comienza sus conferencias preguntando a la audiencia:

¿Quién dobló hoy tu paracaídas?

Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es importante para que nosotros
podamos salir adelante. Uno necesita muchos paracaídas en el día: uno físico,
uno emocional, uno mental y hasta uno espiritual.

A veces, en la vorágine de los desafíos que la vida nos lanza a diario,
perdemos de vista lo que es verdaderamente importante y las personas que
nos salvan en el momento oportuno sin que se lo pidamos”.

(Aporte de “No más pálidas”)