CONSULTA POPULAR (2/3)
El próximo 23 de junio se realiza en nuestro país una
consulta para habilitar el recurso de referéndum derogatorio de la ley que
contempla “la interrupción voluntaria del embarazo”. La participación en el
referéndum no es obligatoria, pero exige de cada uno de nosotros un
discernimiento maduro para evaluar nuestro voto o nuestra prescindencia al
mismo. En estos 3 subsidios brindaremos material para que personal o
grupalmente hagamos nuestra reflexión.
En noviembre de 2008 el Poder Ejecutivo sancionaba el
proyecto de ley llamado de “Defensa del Derecho a la Salud Sexual y
Reproductiva” que mediante el eufemismo “De la interrupción voluntaria del
embarazo”, despenalizaba el aborto durante las dos primeras semanas de
gravidez, nominándolo “derecho de la mujer”.
Además, el proyecto de ley limitaba e incluso llegaba
a negar la objeción de conciencia personal, e imponía a “todos los servicios de
asistencia médica integral”, la obligación de realizar el supuesto “acto
médico”…
Autores de las más diversas procedencias académicas,
corrientes ideológicas y pertenencias políticas han abordado cada una de las
argumentaciones contenidas en dicho texto (cf. Subsidios n. 22) produciendo
estos “Estudios Interdisciplinarios sobre las 15 tesis del Presidente Tabaré
Vázquez”, en el libro titulado “Veto al aborto” (Montevideo 2012). Les
ofrecemos aquí las reflexiones del Lic. Lincoln Maiztegui.
El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se
protege a los más necesitados
Lic.
Lincoln R. MAIZTEGUI CASAS, Historiador
Tesis V: "£l verdadero
grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más
necesitados".
En los viejos colegios, se encuadraba a los
alumnos en "atenienses" y "espartanos"; era una forma de
aprender historia, desde luego, y de honrar a los dos modelos de organización
social que predominaron en la Antigua Hélade, y que de alguna manera
consiguieron vigencia universal.
Esparta, con sus valores basados en el coraje
personal, sus ideales igualitarios y su sujección del individuo á los intereses
de la comunidad, ha ejercido, y aún ejerce, una fascinación particular en el
mundo moderno, en especial entre los más jóvenes. ¿Qué muchacho sano y cargado
de idealismo no ha soñado con ser Leónidas, el General que, al frente de solo 300 espartanos, resistió
largamente el asedio del ejército persa, por entonces el más numeroso y
potente del universo, y que murió pidiendo que colocaran en su tumba, como solo
epitafio: "extranjero que pasas, dile a Esparta que
aquí yacemos porque hemos sido fieles a sus leyes"? Por ello, los diversos
clubes y agrupaciones estudiantiles denominados "Esparta" han gozado
siempre de tanta popularidad.
Una mirada más profunda y detallada a aquella
curiosa civilización permite comprobar que las cosas no eran tan gloriosas ni
tan defendibles. La crudelísima "caza del ilota" (que divertía a los
jóvenes de buena familia autorizándolos a destruir las propiedades y hasta la
vida de los que por entonces ocupaban el lugar de los esclavos), el desprecio
por el más débil y, sobre todo, la drástica eliminación de los que nacían con
minusvalías físicas, que eran arrojados desde la cima del monte Taigeto, son
hábitos que ninguna persona normal estaría hoy dispuesta a cohonestar. Claro
-dirán algunos- estas barbaridades son el tributo que se pagaba al retraso de
aquella civilización, en otros planos tan desarrollada y admirable. Fueron,
entonces, pecados del tiempo más que de los espartanos.
Y los que de esa manera razonen, tendrán sin duda
mucha razón. La sensibilidad de las sociedades varía con el pasaje de los
tiempos, y un hecho que puede explicarse, y aún aceptarse, en épocas
pretéritas, hoy sería conceptuado, aún por el individuo menos sensible, como
una intolerable demostración de barbarie y de primitivismo.
Algo muy similar sucede
con la ilustre civilización romana, cuna y origen de nuestra forma de ver,
entender y vivir el mundo. Los mismos romanos que llenaron las siete colinas de
impresionantes y armoniosos monumentos, los que crearon el corpus jurídico más
desarrollado de la historia hasta ese tiempo y fueron los verdaderos fundadores
de la ciencia del Derecho; los constructores de las bellas casas de verano que
el descubrimiento de las ruinas de Pompeya (sepultada por la brutal erupción
del Vesubio del 24 de agosto del 79, y gracias a ello,
conservada casi intacta) nos han revelado, los que inventaron los acueductos
que traían el agua a la urbe y servían, entre otras cosas, para calentar las
casas en invierno, en una versión primitiva pero avanzadísima del moderno aire
acondicionado, son los mismos que arrojaban por la roca Tarpeya a los niños
que consideraban no viables, o sea, que estaban destinados a ser una carga para
la sociedad. Se les daba el mismo tratamiento que a los delincuentes y los
traidores.
Los historiadores romanos, desde el griego Polibio hasta Suetonio o
Tácito, narraron, a veces con una indiferencia que nos resulta pasmosa, el
sacrificio de los cristianos arrojados a las fieras o las luchas mortales entre
gladiadores. Estos hechos no opacan, desde luego, el brillo de la civilización
romana; una vez más, se dirá, con toda razón, que la sensibilidad, ese
delicadísimo factor que separa al ser humano de la fiera, se fue desarrollando
lentamente, y que los hechos deben ser considerados, y eventualmente juzgados, en el tiempo
en que tuvieron lugar, y nunca más allá.
Los ejemplos podrían multiplicarse; cualquier ser
humano dotado de algo de humanidad sentirá estremecerse su corazón al leer cómo
los ejércitos medioevales arrasaban las aldeas y terminaban ferozmente con la
vida de mujeres, niños y ancianos, cómo la aplicación de teorías racistas
justificaba el trato ignominioso de los esclavos negros, o, ya en pleno siglo
XX, se exterminaban personas por pertenecer a determinada raza o religión.
Al amaizar todos esos casos, se convendrá en que
el avance de la civilización los ha convertido en monstruosidades, y que en el
mundo de hoy tales cosas no serían posibles; o, en todo caso, lo serían sólamente en medio de sociedades
muy retrasadas, a las cuales no ha llegado aún la luz del progreso.
Todo esto permite inferir que existe un poderoso
cordón umbilical entre el avance de los niveles de civilización y la defensa de
los más débiles, de aquellos que, por serlo, son los más necesitados de
protección. Por ello hechos como el genocidio armenio a manos de algunos
gobiernos turcos, acaecido a principios de la centuria pasada, o como el
holocausto del pueblo judío por los nazis, realizado con inaudita saña en los
países más avanzados del mundo pocos años más tarde, o los crímenes de las
dictaduras latinoamericanas cometidos en los atroces años setenta del siglo XX,
o las matanzas cometidas en, la ex Yugoslavia so pretexto de una supuesta
"depuración étnica" y, para colmo, agitando la bandera del
socialismo, nos parecen hoy antihistóricos, vesánicamente antinaturales, señal
inequívoca de que el progreso del hombre, entendido el concepto en su dimensión
filosófica, no es lineal, y tiene una gráfica zigzagueante que habilita eventuales
retrocesos, aunque el signo último sea siempre el avance. ¿Hacia dónde?
Hacia.la Parusía, dirán los cristianos; hacia la sociedad comunista, libre de
explotados y explotadores, dirán los seguidores de Marx; hacia una sociedad
justa basada en la libertad, la igualdad y la fraternidad, proclamarán los
liberales. Todos ellos, más allá de abismales distancias y de diferentes y
hasta opuestos puntos de vista, coincidirán, con deleznables excepciones, en
que el signo del destino humano es el progreso, y que uno de los elementos
esenciales del mismo reside en la protección y la defensa de los más débiles;
de aquellos que no tienen otra culpa que su propia indefensión.
Y sin embargo…
Sin embargo, existe un número no determinado de
personas, lamentablemente mayor hoy que unas cuantas décadas atrás, que se
muestra dispuesto, colectivamente, a impulsar una flagrante excepción a esta regla general, que sin duda suscribirían si se la formulara en términos
abstractos. Nos referimos, claro está, a los que defienden el aborto (seamos
claros y hasta brutales si es necesario; el término no define otra cosa que la
interrupción violenta de una vida humana en estado de concepción) como un
derecho inherente a la mujer. Curiosa, lamentable paradoja: precisamente
muchos de quienes se consideran expresión del pensamiento más avanzado, muchos
de los que sueñan y luchan por la
conformación de un mundo mejor, más racionalmente compartido, más generoso y
humano, defienden la legitimidad de un acto que condensa en sí mismo toda la
crueldad y la vileza de la que el ser humano es capaz; la eliminación de la
vida humana renovada y naciente en el seno del útero materno.
Para justificarlo, parten de una ficción que no resiste
el análisis más somero y superficial: que el feto conformado en el seno de la
mujer embarazada luego del apareamiento no constituye aún (y ese
"aún" es precisamente el gran problema) un ser humano. No se
estaría, por lo tanto, matando a nadie, y el acto del aborto no tendría una
significación distinta que la de evitar un embarazo a través de procedimientos
previos.
Es tan absurdo, tan antilógico e irracional este punto
de vista, que obliga a apelar a ejemplos tomados de la historia que seguramente
ofenderán a quienes así piensan: se asimila, por ejemplo, a los que, en
tiempos aurorales de la conquista de América, sostenían que los indios no
tenían alma y, por lo tanto, no podían considerarse seres humanos, punto de
vista sostenido, entre otros, por el muy docto Ginés de Sepúlveda, en 1550 y en Valladolid, ante
la corte del Rey Carlos I (recibió una paliza memorable por parte de Fray
Bartolomé de las Casas). O a aquellos que, como el anglicano Peter Heylyng, historiador y misionero
en Etiopía, afirmaban que las personas de raza negra "carecen del uso
de razón que es peculiar al hombre", que tienen "escaso ingenio y
están desposeídos de todas las artes y las ciencias" y que son "proclives a la
lujuria y despiden mal olor".
Estas opiniones, que ningún ser humano en su sano
juicio sería hoy capaz de sostener, son tan disparatadas como la que pretende,
llevándose por delante todo atisbo de racionalidad, que el feto amparado en el
seno del útero materno sólo adquiere la condición de ser humano a partir de un
determinado momento de su desarrollo; momento que se fija (porque no podría
hacerse de otra manera) arbitrariamente. Se ignora, debe suponerse que
conscientemente, el hecho evidente, axiomático, innegable por lo tanto, de que
la vida humana es un proceso biológico lineal e indivisible, que se
inicia con la concepción y finaliza con la muerte. Toda segmentación a la que
se le pretenda someter es, por aplicación elemental de la más elemental de las
lógicas, un mero capricho, un insulto a cualquier inteligencia medianamente
desarrollada. Y todo el problema del aborto y de su eventual legalización debe
partir de esta comprobación; ya que negarla implica navegar en el océano
infinito de la irrealidad.
Tenemos, entonces, dos elementos básicos a partir
de los cuales razonar: el primero, nos dice que la protección de los más
débiles (que son, en definitiva, los únicos que requieren que se les proteja)
es una obligación ínsita en el desarrollo progresivo de la vida social, y que,
por lo tanto, cuanto más altos sean los niveles de civilización que se hayan
alcanzado, más claros, precisos y completos deben ser los recursos a través de
los cuales se ejerza con eficacia esa custodia. Y el segundo, proclama, más
allá de toda duda razonable, como dicen algunos procedimientos judiciales, que
el aborto no significa otra cosa que el cercenamiento de una vida humana; en
otras palabras, que implica la comisión de un homicidio. Un factor elemental
vincula ambas conclusiones: nadie más indefenso, más dependiente de la voluntad
ajena para seguir existiendo, más débil y digno de protección que el infante
que no ha abandonado aún el útero de su madre.
La conclusión inevitable es, por lo tanto, que el
cuidado de la vida humana que adviene es, en toda sociedad, indicio de los niveles
de desarrollo y refinamiento civilizador que ha alcanzado. El razonamiento
puede invertirse, entonces, de esta forma: la eventual facilidad o
permisividad que se aplique en el tema del aborto será un claro signo de
inmadurez cultural, de atraso civilizador y, en algunos casos, de retroceso a
etapas que se suponían definitivamente superadas. Aceptaàas (y no hay forma sensata
de rechazarlas) las dos premisas, la conclusión reluce necesaria, esplendente
como un halo de luz en lo profundo de la noche, inmune a toda falacia
argumental y a toda suerte de sofisma.
Es necesario, sin embargo, distinguir entre los
partidarios de legalizar la práctica del aborto; no todos son iguales,
obedecen a similares niveles de sensibilidad ni persiguen los mismos fines.
Ponerlos en el mismo plano nos llevaría, a mi entender, a cometer una
injusticia. Incluso aunque ambas categorías, que se enunciarán a continuación,
nos merezcan (y este plural señala a los que nos enorgullecemos de
constituirnos en paladinos defensores de la vida humana) igual rechazo.
En la década de los sesenta el mundo comenzó a
vivir una conmoción que alteró sus raíces más profundas. Hábitos y costumbres
ancestrales, que se consideraban inamovibles, fueron puestas en cuestión y
radicalmente rechazadas por una parte mayoritaria de la juventud. Aquel movimiento
tuvo una de sus expresiones más espectaculares en la movilización de los
estudiantes parisinos de mayo de 1968, que impulsó una renovación profunda de los valores ineherentes a la sociedad en la que habían nacido y se
habían educado. En las paredes se podían leer consignas tan paradoja-Íes como "Prohibido
prohibir", o "Seamos realistas, pidamos lo imposible"; otras francamente
soñadoras, tales como "La imaginación al poder", o de corte abiertamente
revolucionario, como "No pongas parches, la estructura está
podrida"; o, por fin, cargadas de humorismo, como la que
decía: "Soy un marxista de la tendencia de
Groucho".
Aunque las
movilizaciones estudiantiles que pretendían cambiar el
mundo, y que se extendieron como reguero de pólvora a otros países, ter-
minaron de morir por consunción, dejaron en la civilización de Occidente,
y de alguna forma en toda la cultura mundial, una impronta de extraordi-
naria importancia. Muchas de las innovaciones que por entonces se adoptaron
constituyen un claro avance en la construcción de una sociedad más
tolerante y mejor, y hoy, cuando ha pasado apenas una generación desde
aquellos días de fuego e idealismo, se han
convertido en intocables. Pese a
ello, y por más que se tenga una visión abiertamente positiva de la integra-
lidad del fenómeno, se cayó, como no podía ser de otra manera, en excesos
y errores de óptica que hoy, a tantos años de distancia, es posible racio-
nalizar y, consecuentemente, rechazar. La movilización juvenil de 1968
reivindicó esencialmente los derechos del individuo ante una comunidad
que los limitaba y que, en algunos casos, los negaba abiertamente; por ello,
los muchachos franceses de aquel período decían, y escribían en las pare-
des, que "La sociedad es una flor carnívora". En esa tarea
reivindicativa de
la individualidad, tan bien intencionada como necesaria, se llevaron por
delante muchos límites que debieron ser respetados; no es de extrañar.
sucedido así en todas las revoluciones. '
De aquel tiempo emerge el nefasto principio de
que la mujer es, exclusivamente, la responsable de su propio cuerpo y, por lo
tanto, de todo lo. que anida en su interior; incluido el hijo que se concibió
en una relación de pareja. "Nosotras parimos,
nosotras decidimos" -claman, a partir de
entonces, algunos sectores radicales de lo que se ha dado en llamar el
feminismo. Oponerse a ese dislate es visto como una actitud reaccionaria,
propia de épocas pretéritas, expresión de valores perimidos, esencialmente anacrónica.
No vamos a agredir la inteligencia del lector
subrayando en exceso el absurdo de semejante postura, que ni es racional, ni
condice con los principios de humanidad que se pretenden defender. Aun
partiendo de la base (altamente discutible en sí misma) de que una persona sea
dueña absoluta de su físico, y por lo tanto, habilitada a llegar a su respecto
a cualquier exceso (aún el suicidio), no es posible coincidir con el eslogan
señalado, debido a la falacia gigantesca que contiene. Porque la decisión de
abortar no compromete una vida humana sino dos; la de la madre y la del hijo
que lleva en sus entrañas. No hay individualismo, por radical que pretenda ser,
capaz de eludir esta comprobación. La mujer es dueña de su cuerpo, desde luego,
pero no del que, por medio del apareamiento sexual, ha traído a la vida. Parece
mentira que, siendo las cosas de tan indiscutible evidencia, haya que insistir
en exponerlas; y más aún que haya tanta gente que se niegue a verlas en su
innegable realidad.
Por consiguiente, el eslogan "nosotras parimos,
nosotras decidimos", es un contrasentido que
invade ampliamente las fronteras del absurdo. Basta, como argumento destinado a
reducirlo al ridículo, el plantearse la siguiente pregunta: ¿por qué no admitir
el derecho de la madre a terminar con la vida de su hijo ya nacido? Ella parió,
ella decide, ¿no es así? Y sin embargo, ese acto sería condenado y castigado,
por el orden jurídico y por la moral de la sociedad en pleno, como el más
nefando de los crímenes. ¿Es que acaso el acto de nacer cambia la esencia de la
criatura que adviene al mundo? La pregunta se responde por sí sola.
Una vez admitido, por mera aplicación de la
lógica y al margen de cualquier argumento religioso o filosófico, que la madre
tiene la obligación de respetar y de custodiar la vida que ha concebido en
cualquier fase de su desarrollo, debemos plantearnos el tema de aquellos que
sostienen que la eventual legalización del aborto sería una suerte de mal
menor. Hemos dicho antes que sería, de nuestra parte, una injusticia
identificar ambas posturas, o sea, la de quienes aceptan el aborto como un
presunto derecho de la mujer, con la de quienes creen que, legalizando su
práctica, se obtendrían determinados beneficios sociales. Es necesario
subrayar esta diferencia.
Una línea de pensamiento que se ha abierto camino
en los últimos tiempos, podría resumirse de la siguiente manera: el aborto es
una forma de homicidio, y como tal, no puede aceptarse moralmente. Sin embargo, la ley que
pretende prohibirlo no es efectiva, ya que no es capaz de impedir que se lo
siga practicando, y muchas veces, por medio de procedimientos espeluznantes.
Una ley -razonan- que no se cumple, es una ley que no sirve. Por consiguiente,
sería mejor legalizar la práctica del aborto, condicionada al cumplimiento de
determinadas premisas, con lo cual se lograrían algunos objetivos laudables.
Entre ellos, el cuidado de la vida y la salud de la madre y la adecuada
represión de algunos médicos criminales, que cobran fortunas por interrumpir un
embarazo so capa de que están arriesgando su título. El punto de vista incluye
además un componente social: personas de toda condición económica y cultural
podrían así abortar con adecuadas garantías de evitar que, en vez de una vida
humana, se pierdan dos. Quienes así piensan, llegan incluso, en algunos casos,
a sostener que si se obliga a la madre, como paso previo
y necesario, a seguir un cursillo que la informe convenientemente sobre el
significado del acto que está dispuesta a realizar, se podría llegar a una
disminución del número de abortos. Destacadas personalidades de la vida
nacional han sostenido y sostienen esta opinión.
Está claro que, con quienes así razonan, es
posible discutir, ya que se parte de una base común: la de que el aborto es un
homicidio y que sería deseable que se le pudiera desterrar de manera definitiva
de los hábitos sociales. Una vez que se ha convenido en ello, el debate se
reduce a la forma más adecuada de combatirlo.
He evitado, en todo el desarrollo de este tema,
eludir cualquier referencia a los aspectos religiosos, y he intentado basarme
en la elocuencia de la mera lógica. A estas alturas, la tarea comienza a
hacerse difícil. Si se parte de la premisa de que toda vida humana es
consecuencia de un designio divino, el rechazo de la tesis de que una eventual
legalización del aborto podría resultar beneficiosa, es taxativo; todas las
religiones dignas de ese nombre condenan el homicidio, y sostienen que sólo el
supremo Creador de la vida es soberano de la misma. Sin embargo, aún desde la
óptica del agnosticismo o del ateísmo, eludiendo toda concepción trascendente,
la señalada tesis hace aguas a la luz de la simple lógica. ¿O es que, acaso,
sería sensato legalizar los homicidios a cualquier altura de la vida, con el
argumento de que la ley que los condena y sanciona no es capaz de evitarlos? Se
dirá que una cosa es matar a un ser humano consciente y otra muy distinta interrumpir el proceso vital cuando
aún no se ha adquirido esa conciencia; la objeción es débil, pero a modo de hipótesis,
puede aceptarse. Aún en ese caso, la legalización sería un funesto error:
porque, con ella, se estaría transmitiendo al cuerpo social, y en particular a
los sectores menos cultivados del mismo, la idea que de abortar no es, después
de todo, un crimen; en fin, que no sería algo demasiado diferente a sacarse
una muela. La permisividad legal provoca necesariamente que toda la
construcción anterior se venga abajo, por más precauciones y cuidados que se
intenten poner al acto de abortar. Un principio jurídico elemental dice que
nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda, n: impedido de hacer lo que
ella no prohíbe. Una vez que se deja sin efecto la prohibición de abortar, el
hecho -insistimos: la comisión de un homicidio- adquiere legitimidad; no hay
más vuelta que darle.
Es cierto que, pese a las disposiciones que
pretenden inhibir la práctica de esta forma particular de homicidio, la
realidad obliga a convivir con ella. Pero estoy
firmemente convencido de que la solución de este drama, o incluso su paulatina
disminución, no pasa por facilitarla. Antes bien, pasa por denunciar, con la
máxima crudeza, su carácter básico e indiscutible, su
aspecto contranatural (porque no hay nada más hermoso y sublime que el amor de
una madre por su vástago, y, por lo tanto, nada más monstruoso que el
filicidio) y su esencia antihumana.
Es, en definitiva, un tema educativo, relacionado
con los valores primigenios que hacen posible la convivencia social, con la
responsabilidad que exige el empleo del propio cuerpo y, en una mirada más
general, con una adecuada previsión de las consecuencias de nuestros actos.
La
imprescindible custodia de esos valores es el signo más claro de hemos dejado
atrás el tiempo de la barbarie, de la crueldad inaudita y absurda, del ensañamiento
con el débil. En otras palabras, de que podemos, sin rubores, calificarnos de
constituir una sociedad civilizada. Porque, como dijera el Dr. Tabaré VÁZQUEZ al cumplir el
acto de singular coraje de vetar una eventual legalización del aborto, hemos
aprendido a proteger a los más necesitados.
(Subsidio enviado por el Padre Salesiano Juan Manuel. Algorta )