miércoles, 19 de junio de 2013

PIENSA... DISCIERNE... DECIDE... (3/3)



PIENSA... DISCIERNE... DECIDE...
CONSULTA POPULAR
El próximo 23 de junio se realiza en nuestro país una consulta para habilitar el recurso de referéndum derogatorio de la ley que contempla “la interrupción voluntaria del embarazo”. La participación en el referéndum no es obligatoria, pero exige de cada uno de nosotros un discernimiento maduro para evaluar nuestro voto o nuestra prescindencia al mismo. En estos 3 subsidios brindaremos material para que personal o grupalmente hagamos nuestra reflexión.
En noviembre de 2008 el Poder Ejecutivo sancionaba el proyecto de ley llamado de “Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva” que mediante el eufemismo “De la interrupción voluntaria del embarazo”, despenalizaba el aborto durante las dos primeras semanas de gravidez, nominándolo “derecho de la mujer”.
Además, el proyecto de ley limitaba e incluso llegaba a negar la objeción de conciencia personal, e imponía a “todos los servicios de asistencia médica integral”, la obligación de realizar el supuesto “acto médico”…

DECLARACIÓN DE LOS OBISPOS DEL URUGUAY ANTE LA APROBACIÓN DEL ABORTO EN NUESTRO PAÍS.
DEFENDIENDO LA VIDA GANAMOS TODOS
1. Los Obispos del Uruguay expresamos nuestro pesar por la aprobación de la ley llamada de “interrupción voluntaria del embarazo”. Entendemos que esta ley es un claro retroceso para nuestro pueblo que ha fundado su existencia en el respeto a la libertad, en la defensa de la vida de todo ser humano y en la solidaridad con el más débil.
2. La vida humana es un derecho inalienable consagrado en la Constitución de la República y en el Pacto de San José de Costa Rica ratificado por nuestro país. Creemos que esta ley: - Al aceptar la muerte provocada de criaturas humanas inocentes hiere la tradición nacional en lo más profundo y no aporta soluciones. - No ampara a la mujer, a la cual en una situación compleja, se le propone la peor salida: eliminar la vida del hijo y cargar con las graves secuelas de este hecho. - Menoscaba los derechos y la responsabilidad del padre. - Tiene una consecuencia negativa en la formación de la conciencia de los ciudadanos al presentar como lícita la violación del derecho humano fundamental que es la vida. - Deshonra la vocación médica y crea una situación de posible discriminación en el personal sanitario y en las instituciones de salud.
3. Un hijo que viene es siempre una bendición de Dios, una esperanza y una apuesta generosa en un país envejecido. Por ello la sociedad no debe permitir o alentar la eliminación de vidas, sino atender a la madre que vive la situación de un embarazo no deseado y procurar “salvar a los dos”. Defendiendo la vida, ganamos todos. Por eso la Iglesia en el Uruguay ha amparado la vida del niño y de la madre en dificultades, tanto a través de su enseñanza constante como por la acción de diversas instituciones.
4. No por haber sido aprobada esta ley es moralmente buena. La moralidad de los actos no depende de las leyes humanas. Recordamos el deber y el derecho de seguir las obligaciones de la ley natural inscritas en la propia conciencia. Invitamos a todos a continuar respetando y cuidando a los niños desde su concepción.
5. Los derechos humanos y este primordial derecho a la vida no pueden quedar sujetos a mayorías circunstanciales de un cuerpo legislativo o electoral. Sin embargo, ante la situación que se ha creado, sigue siendo el deber de los laicos católicos y de los hombres y mujeres de buena voluntad aportar sus esfuerzos para procurar que nuestra legislación respete el derecho a la vida humana desde su concepción. Quedando en manos de los ciudadanos la elección de los medios que estimen oportunos, alentamos las iniciativas legítimas que busquen la derogación de esta ley.
6. Mientras no sea derogada la ley en cuestión, creemos que su reglamentación debe ser extremadamente cuidadosa para no aumentar el daño que ya provoca. Se debe respetar la conciencia de los médicos y de otros trabajadores de la salud y no discriminar a aquellos que presenten una objeción de conciencia. Debe considerarse atentamente el artículo 10 de la ley y ser respetuosos de la objeción de ideario de aquellas instituciones que por su propia identidad, no admiten realizar abortos. Advertimos la injusticia e inequidad incluida en este artículo que niega el derecho a la objeción de ideario a las futuras instituciones de salud.
7. La Iglesia acompaña a la Patria desde su gestación. Es parte de esta sociedad pluralista donde levanta su voz con todo derecho, en el respeto a la opinión diversa pero en la serena convicción de que, al defender la vida humana, está siendo fiel a sí misma y a las raíces de nuestra existencia como nación. En la marcha de nuestra historia común no estamos solos. Por eso, ponemos el futuro de nuestro pueblo en manos de Dios Providente. Por intercesión de nuestra Patrona, Santa María la Virgen de los Treinta y Tres, le pedimos al Padre que con su gracia ayude a todos a defender el recto orden moral y una vida personal, familiar y social fundada en el respeto por la vida de cada ser humano y en el amor social que nos une en un camino de crecimiento y fraternidad. Los Obispos felicitamos y alentamos a todos aquellos que desde la actividad política, en diversas asociaciones civiles o como simples ciudadanos han defendido la vida humana del concebido no nacido. Invitamos a todas las mujeres y hombres uruguayos a unirnos en el esfuerzo de construcción de un país donde cada vida humana sea recibida no como una carga sino como verdadera bendición.
Los Obispos del Uruguay Florida,
13 de noviembre de 2012
LA VIDA ESTÁ PRIMERO
Exhortación a interponer el recurso de referéndum contra la ley del aborto
1.        Como dijimos en nuestra declaración del 13 de noviembre próximo pasado: “Los derechos humanos y este primordial derecho a la vida no pueden quedar sujetos a mayorías circunstanciales de un cuerpo legislativo o electoral. Sin embargo, ante la situación que se ha creado, sigue siendo el deber de los laicos católicos y de los hombres y mujeres de buena voluntad aportar sus esfuerzos para procurar que nuestra legislación respete el derecho a la vida humana desde su concepción. Quedando en manos de los ciudadanos la elección de los medios que estimen oportunos, alentamos las iniciativas legítimas que busquen la derogación de esta ley.”
2.        Los uruguayos tenemos ahora la oportunidad de cambiar con nuestro voto el rumbo de las cosas y darle un sí a la vida de los niños, lo que nos permitirá mirar con esperanza nuestro futuro como nación.
3.        El derecho a la vida no puede nunca ser objeto de un referéndum, desde el momento que proviene de Dios. Sin embargo, ante esta ley injusta, dado que nuestra Constitución prevé que los ciudadanos puedan expresar su voluntad de derogarla, exhortamos a votar el próximo domingo 23 de junio con el fin de que se habilite la convocatoria del referéndum sobre la ley que hoy permite el crimen del aborto.
Los Obispos del Uruguay.
Viernes 3 de mayo de 2013

(Subsidio enviado por el Padre Salesiano Juan M. Algorta )

Piensa...Discierne... Decide (2b/3)

CONSULTA POPULAR 
Una voz diferente
Simplemente para ayudar al discernimiento les presento una opinión diferente. La de la Iglesia Valdense. Tu obligación es pensar, discernir y decidir.

POR QUÉ NO NOS HEMOS OPUESTO A LA DESPENALIZACIÓN DEL ABORTO
Algunos de nuestros fundamentos
Ante el pedido de algunas instituciones amigas en cuanto a dar razón de la no oposición de la Iglesia Evangélica Valdense a la Ley que despenaliza el aborto en ciertas condiciones, expresamos lo que sigue.  Para ello hemos extractado algunos de los argumentos que  se hicieron llegar a los Senadores, por parte de nuestra Comisión Asesora en Bioética, cuando estaba en discusión la primera vez este tema a nivel de las Cámaras.  Recordamos que era la Ley Defensa de la Salud Reproductiva, que incluía un artículo referente a la despenalización del aborto que fuera luego vetado por el entonces  Pte. T. Vázquez.
En primer lugar se afirmaba: “…reiteramos y reafirmamos que motivados por convicciones evangélicas no promovemos ni favorecemos una práctica indiscriminada del aborto, en tanto representa siempre un hecho negativo, doloroso y traumático, especialmente para la mujer que por diferentes razones, contrarias a su voluntad debe soportarlo, agravado por la condena y marginación que la sociedad proyecta hacia ella.”
Sigue el documento: “Confrontados con la dolorosa situación que en este tema vive nuestro país, y que vosotros, Senadoras/es de la Nación, conocen tanto y mejor que nosotros, con sus cifras aterradoras y  vergonzosas, suscribimos -entre tantos otros- al-gunos puntos básicos e irrenunciables: a) Rechazo absoluto de la imposición coercitiva del embarazo; b) Rechazo a la penalización generalizada e indiscriminada (del aborto), en cuanto precursora de males mucho peores que aquellos que se quisieran combatir. La despenalización  es una conquista  de la cual no se debe retroceder;  c) La maternidad ya no es más una situación dolorosa que se debe aceptar; la maternidad no debe ser ya una fatalidad.
A partir de estas afirmaciones, la Comisión Asesora en Bioética de aquel año expresó
“Por todo ello, NO  NOS OPONEMOS al proyecto de Ley de Defensa de la Salud Reproductiva aprobado por la Cámara de Representantes el 10/12/2002;
-         Porque llama al Estado a cumplir uno de sus roles fundamentales (Art,1º)
-         Porque compromete a las instancias de poder que corresponden en la planificación y cumplimento de planes que hacen al ejercicio de una paternidad responsable, ejecutar políticas de educación sexual, etc.  Allí tenemos que comprometernos en “la defensa de la vida”.
-         Porque no es una Ley “abortiva”, y que otorga a la mujer que enfrente el drama de un embarazo no deseado, tener acceso dentro de su libertad de decisión a prestaciones médicas que la cubran al máximo de los riesgos que para su salud integral representa la interrupción de una gestación.” (…)
Hoy aprobada ya una nueva Ley sobre despenalización del aborto, podemos agregar todavía, como reflexión, que en este tema no hay verdades ni decisiones absolutas ni que resuelvan en su totalidad el problema. La despenalización no significa que ya no habrá clínicas clandestinas; y aunque no las haya, siempre un aborto aunque sea legal, como lo expresa nuestro documento, es un hecho doloroso y traumático que debería evitarse. Pero la antigua Ley que penalizaba este acto, tampoco ha resuelto el tema. Con el agravante que terminaba penalizando a la mujer que de por sí ya estaba sufriendo el dolor por su decisión de interrumpir una gestación. Decimos también que los contextos en que el aborto tiene lugar son muy variados y la antigua Ley generalmente penaba a las mujeres menos favorecidas de la sociedad, ya que las “otras” tenían medios suficientes para hacerlo en mejores condiciones médicas y a cubierto de trascendidos que la condenaran en la sociedad.  En ese sentido la actual Ley democratiza la problemática. Respetamos a quienes se oponen a esta legislación, pero ellos también comprenderán que tampoco resuelven la situación de hecho que tenemos en nuestro país. Por tanto tampoco aseguramos nuestra tranquilidad de conciencia manteniendo la legislación de 1938 que penalizaba el aborto.
Agregamos todavía que la nueva Ley, a diferencia de la que penalizaba el aborto, no obliga a nadie a proceder de una u otra forma.  Deja en la libre determinación de la mujer aquello que ha decidido en su corazón.
Finalmente señalamos que en nuestros encuentros con las comunidades al discutir estos temas, hemos apuntado a la defensa de  “la dignidad de la vida”, y esto en el caso del aborto tiene siempre un componente ineludible: ¿La dignidad de quién?  Algo similar cuando se plantea el peligro de vida para uno de los dos, (la madre o el niño): ¿Por cual optar?  Cualquier respuesta que demos a estas interrogantes nos quedaremos siempre con un sabor a insatisfacción, seguramente.
Por último digamos que la posición que expresó la Comisión Asesora en Bioética no es una posición oficial de la Iglesia Evangélica Valdense. Contiene las conclusiones, sien-pre revisables, de un grupo de expertos: pastores, médicos, educadores, psicólogos, trabajadores sociales. Cuando se trata de decisiones éticas o de conciencia, la Iglesia Valdense, de ser posible, acerca a sus miembros reflexiones, sugerencias, fundamentos bíblicos, pero no prescribe una decisión que todos deban tomar. Esto queda bajo la responsabilidad de cada uno, delante de Dios y de la comunidad. Y seguramente entre nuestros miembros de iglesia se pueden encontrar posiciones encontradas, como es natural en un tema de tan difícil resolución.  Confiamos en que el Espíritu de Dios nos guiará a toda verdad, (S.Juan 16:13) en este y otros temas a los que nos confrontarán los tiempos.

(Subsidio enviado por el Padre Salesiano Juan M. Algorta )

Piensa... Discierne...Decide (2/3)

CONSULTA POPULAR (2/3)

El próximo 23 de junio se realiza en nuestro país una consulta para habilitar el recurso de referéndum derogatorio de la ley que contempla “la interrupción voluntaria del embarazo”. La participación en el referéndum no es obligatoria, pero exige de cada uno de nosotros un discernimiento maduro para evaluar nuestro voto o nuestra prescindencia al mismo. En estos 3 subsidios brindaremos material para que personal o grupalmente hagamos nuestra reflexión.
En noviembre de 2008 el Poder Ejecutivo sancionaba el proyecto de ley llamado de “Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva” que mediante el eufemismo “De la interrupción voluntaria del embarazo”, despenalizaba el aborto durante las dos primeras semanas de gravidez, nominándolo “derecho de la mujer”.
Además, el proyecto de ley limitaba e incluso llegaba a negar la objeción de conciencia personal, e imponía a “todos los servicios de asistencia médica integral”, la obligación de realizar el supuesto “acto médico”…
Autores de las más diversas procedencias académicas, corrientes ideológicas y pertenencias políticas han abordado cada una de las argumentaciones contenidas en dicho texto (cf. Subsidios n. 22) produciendo estos “Estudios Interdisciplinarios sobre las 15 tesis del Presidente Tabaré Vázquez”, en el libro titulado “Veto al aborto” (Montevideo 2012). Les ofrecemos aquí las reflexiones del Lic. Lincoln Maiztegui.
El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados
Lic. Lincoln R. MAIZTEGUI CASAS, Historiador
Tesis V: "£l verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se pro­tege a los más necesitados".
En los viejos colegios, se encuadraba a los alumnos en "atenienses" y "espartanos"; era una forma de aprender historia, desde luego, y de honrar a los dos modelos de organización social que predominaron en la Antigua Hélade, y que de alguna manera consiguieron vigencia universal.
Esparta, con sus valores basados en el coraje personal, sus ideales igualitarios y su sujección del individuo á los intereses de la comunidad, ha ejercido, y aún ejerce, una fascinación particular en el mundo moder­no, en especial entre los más jóvenes. ¿Qué muchacho sano y cargado de idealismo no ha soñado con ser Leónidas, el General que, al frente de solo 300 espartanos, resistió largamente el asedio del ejército persa, por en­tonces el más numeroso y potente del universo, y que murió pidiendo que colocaran en su tumba, como solo epitafio: "extranjero que pasas, dile a Esparta que aquí yacemos porque hemos sido fieles a sus leyes"? Por ello, los diversos clubes y agrupaciones estudiantiles denominados "Esparta" han gozado siempre de tanta popularidad.
Una mirada más profunda y detallada a aquella curiosa civilización permite comprobar que las cosas no eran tan gloriosas ni tan defendibles. La crudelísima "caza del ilota" (que divertía a los jóvenes de buena familia autorizándolos a destruir las propiedades y hasta la vida de los que por entonces ocupaban el lugar de los esclavos), el desprecio por el más débil y, sobre todo, la drástica eliminación de los que nacían con minusvalías fí­sicas, que eran arrojados desde la cima del monte Taigeto, son hábitos que ninguna persona normal estaría hoy dispuesta a cohonestar. Claro -dirán algunos- estas barbaridades son el tributo que se pagaba al retraso de aquella civilización, en otros planos tan desarrollada y admirable. Fueron, entonces, pecados del tiempo más que de los espartanos.
Y los que de esa manera razonen, tendrán sin duda mucha razón. La sensibilidad de las sociedades varía con el pasaje de los tiempos, y un he­cho que puede explicarse, y aún aceptarse, en épocas pretéritas, hoy sería conceptuado, aún por el individuo menos sensible, como una intolerable demostración de barbarie y de primitivismo.
Algo muy similar sucede con la ilustre civilización romana, cuna y origen de nuestra forma de ver, entender y vivir el mundo. Los mismos romanos que llenaron las siete colinas de impresionantes y armoniosos monumentos, los que crearon el corpus jurídico más desarrollado de la historia hasta ese tiempo y fueron los verdaderos fundadores de la ciencia del Derecho; los constructores de las bellas casas de verano que el descu­brimiento de las ruinas de Pompeya (sepultada por la brutal erupción del Vesubio del 24 de agosto del 79, y gracias a ello, conservada casi intacta) nos han revelado, los que inventaron los acueductos que traían el agua a la urbe y servían, entre otras cosas, para calentar las casas en invierno, en una versión primitiva pero avanzadísima del moderno aire acondicio­nado, son los mismos que arrojaban por la roca Tarpeya a los niños que consideraban no viables, o sea, que estaban destinados a ser una carga para la sociedad. Se les daba el mismo tratamiento que a los delincuentes y los traidores.
Los historiadores romanos, desde el griego Polibio hasta Suetonio o Tácito, narraron, a veces con una indiferencia que nos resulta pasmosa, el sacrificio de los cristianos arrojados a las fieras o las luchas mortales entre gladiadores. Estos hechos no opacan, desde luego, el brillo de la civiliza­ción romana; una vez más, se dirá, con toda razón, que la sensibilidad, ese delicadísimo factor que separa al ser humano de la fiera, se fue desarrollan­do lentamente, y que los hechos deben ser considerados, y eventualmente juzgados, en el tiempo en que tuvieron lugar, y nunca más allá.
Los ejemplos podrían multiplicarse; cualquier ser humano dotado de algo de humanidad sentirá estremecerse su corazón al leer cómo los ejércitos medioevales arrasaban las aldeas y terminaban ferozmente con la vida de mujeres, niños y ancianos, cómo la aplicación de teorías racis­tas justificaba el trato ignominioso de los esclavos negros, o, ya en pleno siglo XX, se exterminaban personas por pertenecer a determinada raza o religión.
Al amaizar todos esos casos, se convendrá en que el avance de la civilización los ha convertido en monstruosidades, y que en el mundo de hoy tales cosas no serían posibles; o, en todo caso, lo serían sólamente en medio de sociedades muy retrasadas, a las cuales no ha llegado aún la luz del progreso.
Todo esto permite inferir que existe un poderoso cordón umbilical entre el avance de los niveles de civilización y la defensa de los más débiles, de aquellos que, por serlo, son los más necesitados de protección. Por ello hechos como el genocidio armenio a manos de algunos gobiernos turcos, acaecido a principios de la centuria pasada, o como el holocausto del pue­blo judío por los nazis, realizado con inaudita saña en los países más avan­zados del mundo pocos años más tarde, o los crímenes de las dictaduras latinoamericanas cometidos en los atroces años setenta del siglo XX, o las matanzas cometidas en, la ex Yugoslavia so pretexto de una supuesta "depuración étnica" y, para colmo, agitando la bandera del socialismo, nos parecen hoy antihistóricos, vesánicamente antinaturales, señal inequívoca de que el progreso del hombre, entendido el concepto en su dimensión filosófica, no es lineal, y tiene una gráfica zigzagueante que habilita even­tuales retrocesos, aunque el signo último sea siempre el avance. ¿Hacia dónde? Hacia.la Parusía, dirán los cristianos; hacia la sociedad comunista, libre de explotados y explotadores, dirán los seguidores de Marx; hacia una sociedad justa basada en la libertad, la igualdad y la fraternidad, pro­clamarán los liberales. Todos ellos, más allá de abismales distancias y de diferentes y hasta opuestos puntos de vista, coincidirán, con deleznables excepciones, en que el signo del destino humano es el progreso, y que uno de los elementos esenciales del mismo reside en la protección y la defensa de los más débiles; de aquellos que no tienen otra culpa que su propia indefensión.
Y sin embargo…
Sin embargo, existe un número no determinado de personas, lamentablemente mayor hoy que unas cuantas décadas atrás, que se muestra dispuesto, colectivamente, a impulsar una flagrante excepción a esta regla general, que sin duda suscribirían si se la formulara en términos abstrac­tos. Nos referimos, claro está, a los que defienden el aborto (seamos claros y hasta brutales si es necesario; el término no define otra cosa que la in­terrupción violenta de una vida humana en estado de concepción) como un derecho inherente a la mujer. Curiosa, lamentable paradoja: precisa­mente muchos de quienes se consideran expresión del pensamiento más avanzado, muchos de los que sueñan y  luchan por la conformación de un mundo mejor, más racionalmente compartido, más generoso y humano, defienden la legitimidad de un acto que condensa en sí mismo toda la crueldad y la vileza de la que el ser humano es capaz; la eliminación de la vida humana renovada y naciente en el seno del útero materno.
Para justificarlo, parten de una ficción que no resiste el análisis más somero y superficial: que el feto conformado en el seno de la mujer em­barazada luego del apareamiento no constituye aún (y ese "aún" es pre­cisamente el gran problema) un ser humano. No se estaría, por lo tanto, matando a nadie, y el acto del aborto no tendría una significación distinta que la de evitar un embarazo a través de procedimientos previos.
Es tan absurdo, tan antilógico e irracional este punto de vista, que obliga a apelar a ejemplos tomados de la historia que seguramente ofen­derán a quienes así piensan: se asimila, por ejemplo, a los que, en tiempos aurorales de la conquista de América, sostenían que los indios no tenían alma y, por lo tanto, no podían considerarse seres humanos, punto de vista sostenido, entre otros, por el muy docto Ginés de Sepúlveda, en 1550 y en Valladolid, ante la corte del Rey Carlos I (recibió una paliza memora­ble por parte de Fray Bartolomé de las Casas). O a aquellos que, como el anglicano Peter Heylyng, historiador y misionero en Etiopía, afirmaban que las personas de raza negra "carecen del uso de razón que es peculiar al hombre", que tienen "escaso ingenio y están desposeídos de todas las artes y las ciencias" y que son "proclives a la lujuria y despiden mal olor".
Estas opiniones, que ningún ser humano en su sano juicio sería hoy capaz de sostener, son tan disparatadas como la que pretende, llevándose por delante todo atisbo de racionalidad, que el feto amparado en el seno del útero materno sólo adquiere la condición de ser humano a partir de un determinado momento de su desarrollo; momento que se fija (porque no podría hacerse de otra manera) arbitrariamente. Se ignora, debe suponer­se que conscientemente, el hecho evidente, axiomático, innegable por lo tanto, de que la vida humana es un proceso biológico lineal e indivisible, que se inicia con la concepción y finaliza con la muerte. Toda segmenta­ción a la que se le pretenda someter es, por aplicación elemental de la más elemental de las lógicas, un mero capricho, un insulto a cualquier inteli­gencia medianamente desarrollada. Y todo el problema del aborto y de su eventual legalización debe partir de esta comprobación; ya que negarla implica navegar en el océano infinito de la irrealidad.
Tenemos, entonces, dos elementos básicos a partir de los cuales ra­zonar: el primero, nos dice que la protección de los más débiles (que son, en definitiva, los únicos que requieren que se les proteja) es una obliga­ción ínsita en el desarrollo progresivo de la vida social, y que, por lo tanto, cuanto más altos sean los niveles de civilización que se hayan alcanzado, más claros, precisos y completos deben ser los recursos a través de los cuales se ejerza con eficacia esa custodia. Y el segundo, proclama, más allá de toda duda razonable, como dicen algunos procedimientos judicia­les, que el aborto no significa otra cosa que el cercenamiento de una vida humana; en otras palabras, que implica la comisión de un homicidio. Un factor elemental vincula ambas conclusiones: nadie más indefenso, más dependiente de la voluntad ajena para seguir existiendo, más débil y dig­no de protección que el infante que no ha abandonado aún el útero de su madre.
La conclusión inevitable es, por lo tanto, que el cuidado de la vida hu­mana que adviene es, en toda sociedad, indicio de los niveles de desarrollo y refinamiento civilizador que ha alcanzado. El razonamiento puede in­vertirse, entonces, de esta forma: la eventual facilidad o permisividad que se aplique en el tema del aborto será un claro signo de inmadurez cultural, de atraso civilizador y, en algunos casos, de retroceso a etapas que se su­ponían definitivamente superadas. Aceptaàas (y no hay forma sensata de rechazarlas) las dos premisas, la conclusión reluce necesaria, esplendente como un halo de luz en lo profundo de la noche, inmune a toda falacia argumental y a toda suerte de sofisma.
Es necesario, sin embargo, distinguir entre los partidarios de legali­zar la práctica del aborto; no todos son iguales, obedecen a similares ni­veles de sensibilidad ni persiguen los mismos fines. Ponerlos en el mismo plano nos llevaría, a mi entender, a cometer una injusticia. Incluso aunque ambas categorías, que se enunciarán a continuación, nos merezcan (y este plural señala a los que nos enorgullecemos de constituirnos en paladinos defensores de la vida humana) igual rechazo.
En la década de los sesenta el mundo comenzó a vivir una conmoción que alteró sus raíces más profundas. Hábitos y costumbres ancestrales, que se consideraban inamovibles, fueron puestas en cuestión y radical­mente rechazadas por una parte mayoritaria de la juventud. Aquel movi­miento tuvo una de sus expresiones más espectaculares en la movilización de los estudiantes parisinos de mayo de 1968, que impulsó una renovación profunda de los valores ineherentes a la sociedad en la que habían nacido y se habían educado. En las paredes se podían leer consignas tan paradoja-Íes como "Prohibido prohibir", o "Seamos realistas, pidamos lo imposible"; otras francamente soñadoras, tales como "La imaginación al poder", o de corte abiertamente revolucionario, como "No pongas parches, la estructu­ra está podrida"; o, por fin, cargadas de humorismo, como la que decía: "Soy un marxista de la tendencia de Groucho".
Aunque las movilizaciones estudiantiles que pretendían cambiar el
mundo, y que se extendieron como reguero de pólvora a otros países, ter-
minaron de morir por consunción, dejaron en la civilización de Occidente,
y de alguna forma en toda la cultura mundial, una impronta de extraordi-
naria importancia. Muchas de las innovaciones que por entonces se adoptaron constituyen un claro avance en la construcción de una sociedad más
tolerante y mejor, y hoy, cuando ha pasado apenas una generación desde
aquellos días de fuego
e idealismo, se han convertido en intocables. Pese a
ello, y por más que se tenga una visión abiertamente positiva de la integra-
lidad del fenómeno, se cayó, como no podía ser de otra manera, en excesos
y errores de óptica que hoy, a tantos años de distancia, es posible racio-
nalizar y, consecuentemente, rechazar. La movilización juvenil de 1968
reivindicó esencialmente los derechos del individuo ante una comunidad
que los limitaba y que, en algunos casos, los negaba abiertamente; por ello,
los muchachos franceses de aquel período decían, y escribían en las pare-
des, que
"La sociedad es una flor carnívora". En esa tarea reivindicativa de
la individualidad, tan bien intencionada como necesaria, se llevaron por
delante muchos límites que debieron ser respetados; no es de extrañar.
sucedido así en todas las revoluciones.                                                                             '
De aquel tiempo emerge el nefasto principio de que la mujer es, ex­clusivamente, la responsable de su propio cuerpo y, por lo tanto, de todo lo. que anida en su interior; incluido el hijo que se concibió en una rela­ción de pareja. "Nosotras parimos, nosotras decidimos" -claman, a partir de entonces, algunos sectores radicales de lo que se ha dado en llamar el feminismo. Oponerse a ese dislate es visto como una actitud reaccionaria, propia de épocas pretéritas, expresión de valores perimidos, esencialmen­te anacrónica.
No vamos a agredir la inteligencia del lector subrayando en exceso el absurdo de semejante postura, que ni es racional, ni condice con los principios de humanidad que se pretenden defender. Aun partiendo de la base (altamente discutible en sí misma) de que una persona sea dueña absoluta de su físico, y por lo tanto, habilitada a llegar a su respecto a cualquier exceso (aún el suicidio), no es posible coincidir con el eslogan señalado, debido a la falacia gigantesca que contiene. Porque la decisión de abortar no compromete una vida humana sino dos; la de la madre y la del hijo que lleva en sus entrañas. No hay individualismo, por radical que pretenda ser, capaz de eludir esta comprobación. La mujer es dueña de su cuerpo, desde luego, pero no del que, por medio del apareamiento sexual, ha traído a la vida. Parece mentira que, siendo las cosas de tan indiscutible evidencia, haya que insistir en exponerlas; y más aún que haya tanta gente que se niegue a verlas en su innegable realidad.
Por consiguiente, el eslogan "nosotras parimos, nosotras decidimos", es un contrasentido que invade ampliamente las fronteras del absurdo. Basta, como argumento destinado a reducirlo al ridículo, el plantearse la siguiente pregunta: ¿por qué no admitir el derecho de la madre a terminar con la vida de su hijo ya nacido? Ella parió, ella decide, ¿no es así? Y sin embargo, ese acto sería condenado y castigado, por el orden jurídico y por la moral de la sociedad en pleno, como el más nefando de los crímenes. ¿Es que acaso el acto de nacer cambia la esencia de la criatura que adviene al mundo? La pregunta se responde por sí sola.
Una vez admitido, por mera aplicación de la lógica y al margen de cualquier argumento religioso o filosófico, que la madre tiene la obliga­ción de respetar y de custodiar la vida que ha concebido en cualquier fase de su desarrollo, debemos plantearnos el tema de aquellos que sostienen que la eventual legalización del aborto sería una suerte de mal menor. Hemos dicho antes que sería, de nuestra parte, una injusticia identificar ambas posturas, o sea, la de quienes aceptan el aborto como un presunto derecho de la mujer, con la de quienes creen que, legalizando su prácti­ca, se obtendrían determinados beneficios sociales. Es necesario subrayar esta diferencia.
Una línea de pensamiento que se ha abierto camino en los últimos tiempos, podría resumirse de la siguiente manera: el aborto es una forma de homicidio, y como tal, no puede aceptarse moralmente. Sin embargo, la ley que pretende prohibirlo no es efectiva, ya que no es capaz de im­pedir que se lo siga practicando, y muchas veces, por medio de procedi­mientos espeluznantes. Una ley -razonan- que no se cumple, es una ley que no sirve. Por consiguiente, sería mejor legalizar la práctica del aborto, condicionada al cumplimiento de determinadas premisas, con lo cual se lograrían algunos objetivos laudables. Entre ellos, el cuidado de la vida y la salud de la madre y la adecuada represión de algunos médicos criminales, que cobran fortunas por interrumpir un embarazo so capa de que están arriesgando su título. El punto de vista incluye además un componente social: personas de toda condición económica y cultural podrían así abor­tar con adecuadas garantías de evitar que, en vez de una vida humana, se pierdan dos. Quienes así piensan, llegan incluso, en algunos casos, a soste­ner que si se obliga a la madre, como paso previo y necesario, a seguir un cursillo que la informe convenientemente sobre el significado del acto que está dispuesta a realizar, se podría llegar a una disminución del número de abortos. Destacadas personalidades de la vida nacional han sostenido y sostienen esta opinión.
Está claro que, con quienes así razonan, es posible discutir, ya que se parte de una base común: la de que el aborto es un homicidio y que sería deseable que se le pudiera desterrar de manera definitiva de los hábitos so­ciales. Una vez que se ha convenido en ello, el debate se reduce a la forma más adecuada de combatirlo.
He evitado, en todo el desarrollo de este tema, eludir cualquier refe­rencia a los aspectos religiosos, y he intentado basarme en la elocuencia de la mera lógica. A estas alturas, la tarea comienza a hacerse difícil. Si se parte de la premisa de que toda vida humana es consecuencia de un designio divino, el rechazo de la tesis de que una eventual legalización del aborto podría resultar beneficiosa, es taxativo; todas las religiones dignas de ese nombre condenan el homicidio, y sostienen que sólo el supremo Creador de la vida es soberano de la misma. Sin embargo, aún desde la óptica del agnosticismo o del ateísmo, eludiendo toda concepción tras­cendente, la señalada tesis hace aguas a la luz de la simple lógica. ¿O es que, acaso, sería sensato legalizar los homicidios a cualquier altura de la vida, con el argumento de que la ley que los condena y sanciona no es capaz de evitarlos? Se dirá que una cosa es matar a un ser humano cons­ciente y otra muy distinta interrumpir el proceso vital cuando aún no se ha adquirido esa conciencia; la objeción es débil, pero a modo de hipótesis, puede aceptarse. Aún en ese caso, la legalización sería un funesto error: porque, con ella, se estaría transmitiendo al cuerpo social, y en particu­lar a los sectores menos cultivados del mismo, la idea que de abortar no es, después de todo, un crimen; en fin, que no sería algo demasiado dife­rente a sacarse una muela. La permisividad legal provoca necesariamente que toda la construcción anterior se venga abajo, por más precauciones y cuidados que se intenten poner al acto de abortar. Un principio jurídico elemental dice que nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda, n: impedido de hacer lo que ella no prohíbe. Una vez que se deja sin efecto la prohibición de abortar, el hecho -insistimos: la comisión de un homici­dio- adquiere legitimidad; no hay más vuelta que darle.
Es cierto que, pese a las disposiciones que pretenden inhibir la prác­tica de esta forma particular de homicidio, la realidad obliga a convivir con ella. Pero estoy firmemente convencido de que la solución de este drama, o incluso su paulatina disminución, no pasa por facilitarla. Antes bien, pasa por denunciar, con la máxima crudeza, su carácter básico e indiscutible, su aspecto contranatural (porque no hay nada más hermoso y sublime que el amor de una madre por su vástago, y, por lo tanto, nada más monstruoso que el filicidio) y su esencia antihumana.
Es, en definitiva, un tema educativo, relacionado con los valores pri­migenios que hacen posible la convivencia social, con la responsabilidad que exige el empleo del propio cuerpo y, en una mirada más general, con una adecuada previsión de las consecuencias de nuestros actos.
La imprescindible custodia de esos valores es el signo más claro de hemos dejado atrás el tiempo de la barbarie, de la crueldad inaudita y ab­surda, del ensañamiento con el débil. En otras palabras, de que podemos, sin rubores, calificarnos de constituir una sociedad civilizada. Porque, como dijera el Dr. Tabaré VÁZQUEZ al cumplir el acto de singular coraje de vetar una eventual legalización del aborto, hemos aprendido a proteger a los más necesitados.

(Subsidio enviado por el Padre Salesiano Juan Manuel. Algorta )

PIENSA... DISCIERNE... DECIDE...(1/3)


CONSULTA POPULAR (1/3)
El próximo 23 de junio se realiza en nuestro país una consulta para habilitar el recurso de referéndum derogatorio de la ley que contempla “la interrupción voluntaria del embarazo”. La participación en el referéndum no es obligatoria, pero exige de cada uno de nosotros un discernimiento maduro para evaluar nuestro voto o nuestra prescindencia al mismo. En estos 3 subsidios brindaremos material para que personal o grupalmente hagamos nuestra reflexión.
Por su parte, el 14 de noviembre de 2008. el presidente del Uruguay, doctor Tabaré Vázquez, envió a la Asamblea General del Parlamento de ese país una carta en la que presenta los argumentos por los que tomó la decisión de vetar el artículo de la Ley de Salud Reproductiva que establecía la despenalización del aborto.
Su argumentación nos da que pensar.
El texto completo del veto de Tabaré Vázquez
Señor Presidente de la Asamblea General: El Poder Ejecutivo se dirige a ese Cuerpo en ejercicio de las facultades que le confiere el artículo 137 y siguientes de la Constitución de la República a los efectos de observar los Capítulos II, III y IV, artículos 7 a 20, del proyecto de ley por el que se establecen normas relacionadas con la salud sexual y reproductiva sancionado por el Poder Legislativo.
“Se observan en forma total por razones de constitucionalidad y conveniencia las citadas disposiciones por los fundamentos que se exponen a continuación. Hay consenso en que el aborto es un mal social que hay que evitar. Sin embargo, en los países en que se ha liberalizado el aborto, éstos han aumentado. En los Estados Unidos, en los primeros diez años, se triplicó, y la cifra se mantiene: la costumbre se instaló. Lo mismo sucedió en España.
“La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos –incluido el nuestro– el ADN se ha transformado en la 'prueba reina' para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo.
 “El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia.
Esta ley afecta el orden constitucional (artículos 7, 8, 36, 40, 41, 42, 44, 72 y 332) y compromisos asumidos por nuestro país en tratados internacionales, entre otros el Pacto de San José de Costa Rica, aprobado por la Ley Nº 15.737 del 8 de marzo de 1985 y la Convención Sobre los Derechos del Niño aprobada por la Ley Nº 16.137 del 28 de setiembre de 1990. En efecto, disposiciones como el artículo 42 de nuestra Carta, que obliga expresamente a proteger a la maternidad, y el Pacto de San José de Costa Rica –convertido además en ley interna como manera de reafirmar su adhesión a la protección y vigencia de los derechos humanos– contiene disposiciones expresas, como su artículo 2º y su artículo 4º, que obligan a nuestro país a proteger la vida del ser humano desde su concepción.
Además, le otorgan el estatus de persona. Si bien una ley puede ser derogada por otra ley, no sucede lo mismo con los tratados internacionales, que no pueden ser derogados por una ley interna posterior. Si Uruguay quiere seguir una línea jurídico-política diferente a la que establece la Convención Americana de Derechos Humanos, debería denunciar la mencionada Convención (Art. 78 de la referida Convención).
Por otra parte, al regular la objeción de conciencia de manera deficiente, el proyecto aprobado genera una fuente de discriminación injusta hacia aquellos médicos que entienden que su conciencia les impide realizar abortos, y tampoco permite ejercer la libertad de conciencia de quien cambia de opinión y decide no realizarlos más.
Nuestra Constitución sólo reconoce desigualdades ante la ley cuando se fundan en los talentos y virtudes de las personas. Aquí, además, no se respeta la libertad de pensamiento de un ámbito por demás profundo e íntimo. Este texto también afecta la libertad de empresa y de asociación, cuando impone a instituciones médicas con estatutos aprobados según nuestra legislación, y que vienen funcionando desde hace más de cien años en algún caso, a realizar abortos, contrariando expresamente sus principios fundacionales.
El proyecto, además, califica erróneamente y de manera forzada, contra el sentido común, el aborto como acto médico, desconociendo declaraciones internacionales como las de Helsinki y Tokio, que han sido asumidas en el ámbito del Mercosur, que vienen siendo objeto de internalización expresa en nuestro país desde 1996 y que son reflejo de los principios de la medicina hipocrática que caracterizan al médico por actuar a favor de la vida y de la integridad física.
De acuerdo a la idiosincrasia de nuestro pueblo, es más adecuado buscar una solución basada en la solidaridad que permita promocionar a la mujer y a su criatura, otorgándole la libertad de poder optar por otras vías y, de esta forma, salvar a los dos. Es menester atacar las verdaderas causas del aborto en nuestro país y que surgen de nuestra realidad socio-económica.
Existe un gran número de mujeres, particularmente de los sectores más carenciados, que soportan la carga del hogar solas. Para ello, hay que rodear a la mujer desamparada de la indispensable protección solidaria, en vez de facilitarle el aborto. El Poder Ejecutivo saluda a ese Cuerpo con su mayor consideración
“Dr. Tabaré Vázquez Presidente de la República"

(Subsidio enviado por el Padre Salesiano Juan M. Algorta )