González Faus J.I.
Está en cartelera una película alemana que nos puede hacer
pensar. “Hanna Arendt” es de esas mujeres que la historia nos ha regalado.
Discípula de Martín Heidegger, sufrió las cárceles del hitlerismo y se
involucró en el juicio contra Eichman tomando una posición singular que nos
hace pensar. A ello nos invita González Faus, teólogo español.
La
película Hanna Arendt, de Margarethe
von Trotta ha sido ya muy comentada y no quisiera hacer un nuevo comentario.
Pero sí me gustaría reflexionar sobre el pensamiento de Arendt de quien tomo el
título de este artículo.
Hablar de “banalidad del mal” no es rebajar su gravedad, sino
aumentarla. Lo terrible del mal moral es que auténticas perversiones se
presentan y son vividas muchas veces como actos triviales, indiferentes, casi
buenos… Si llego a creer que una maldad es un derecho mío (o un deber) o que
una inmoralidad es una simple “reforma”, resulta más fácil cometerla.
La teología de la liberación, al hablar del “pecado estructural”,
ayuda a comprender cómo el mal se banaliza: porque no anida sólo en el interior
de las personas sino en las redes de la convivencia: usos, normas, leyes,
valores ambientales… Ahí ya no se lo percibe como maldad, sino como “algo
normal”, quizá necesario. Eichmann no era un asesino monstruoso sino un funcionario
vulgar, responsable de que unos señores subieran en unos trenes y llegasen a un
determinado lugar. Una pieza de engranaje ya no es moral ni inmoral: es
simplemente pieza. El mes pasado comenté que el que una mujer africana mutile
genitalmente a su propia niña no significa que sea un
monstruo; sólo muestra cómo grandes atrocidades se nos convierten en
evidencias cuando tienen el soporte de una convicción social. Lo mismo sucede
con la monstruosidad anónima del llamado mercado. Llamamos “economía de
mercado” a una economía “de la manipulación y el engaño”. Al cambiarle el
nombre ya no vemos más: pues ¿qué cosa más banal que un mercado?
Sin embargo, cuando Adam Smith escribió su famosa página sobre “la
mano invisible” del mercado, se estaba refiriendo a una relación que se asienta
sobre el conocimiento personal y el diálogo: el tendero me conoce, no me quiere
perder como cliente y, precisamente por eso, puedo dejarle actuar egoístamente
porque me sé incluido en ese egoísmo. Ese contacto personal, los rostros visibles,
son la “mano invisible” del mercado. En cambio, lo que hoy llamamos mercado se
asienta sobre el desconocimiento de los actores y sobre la publicidad (la cual,
si piensa en mí, sólo busca halagar mis instintos más bajos como modo de engañarme).
Decisiones que me afectan no las toma una persona cercana a quien conozco, sino
una entidad anónima, que no sé bien dónde está y se ampara en palabras
abstractas: “dirección, accionistas, consejos de administración”, etc. De este
modo, conductas canallescas e inmorales llegan a ser vividas como meros
fenómenos naturales. No se cometen crueldades, sólo “se hacen inversiones”.
Como Eichmann que sólo “organizaba transportes”.
Arendt explica: no es que Eichmann fuese un malvado, como querían los
judíos para poder descargar su odio (perverso también, pero ahora coloreado
como justicia). Simplemente había renunciado a llegar a ser hombre, lo cual es
una de las mayores tentaciones humanas. Por eso la reacción del Dios bíblico al
pecado de Adán es la pregunta: “hombre ¿dónde
estás?”.
El contenido de esa humanidad lo brinda una espléndida y mínima frase
de Kant: “atrévete a pensar por tu
cuenta” (sapere aude). Pensar
no designa actividades abstractas sino el encararse y paladear (¡“sapere”!) las
consecuencias de los propios actos, aunque sean obediencias y “cumplimientos
del deber”, degustando sus implicaciones globales y ese contexto denunciado
hace poco por el papa Francisco de “los que, en el anonimato, toman decisiones
socio-económicas que abren el camino a dramas…”. ¡Atrévete a pensar! Arendt
repite a lo largo de la película que ella “sólo busca comprender”. Así
aprende que el mal es mayor de lo que parece, precisamente porque puede “banalizarse”.
Otro ejemplo del hombre que ha cerrado sus ojos a esa interpelación
es, para mí, el presidente del gobierno español. Le oímos decir mil veces que
está haciendo “lo que tiene que hacer”; incluso asegura que gracias a eso
estamos saliendo de la crisis. Pero, aunque esto último fuese cierto, nunca se
atrevió a pensar si el camino para esa salida tenía que ser un 25% de niños
desnutridos, familias modestas abocadas a dormir en la calle cuando no pueden
acogerlas los padres en sus casas, enfermos condenados a muerte por un retraso
imperdonable en una intervención urgente y cientos de miles de seres humanos llevados
no a una cámara de gas pero sí a una cámara de asfixia personal y social. En
lugar de que las empresas se deslocalicen para irse a trabajar a Birmania o
a Túnez, lo que hace nuestro gobierno es deslocalizar a España, con unas
condiciones laborales dignas del tercer mundo. Luego llamamos sacrificios del
pueblo a la inmolación de esas víctimas, y colorín colorado.
Rajoy no ha sido un malvado: estoy absolutamente seguro. Creerá
incluso (como Eichmann) que ha cumplido su deber. Pero el pecado estructural se
encarga de que ese supuesto “deber” sea una maldad, disimulada y banalizada.
Atreverse a pensar eso, podría ser el fin de una carrera política. Por tanto, mejor “lavarse las manos” como Pilatos,
para quien lo importante era su propia carrera y cuidar las relaciones entre el
imperio romano y un pueblo difícil. Que
eso costara la vida a un inocente desarrapado…, era otra banalidad.
Subsidio enviado por el Padre salesasiano J.M.Algorta