Pedro Arrupe
No olvidemos que, aunque la raíz del reino de la injusticia está en nosotros
mismos (y por ello dedicamos nuestros mejores esfuerzos a nuestra propia
reeducación y reforma), esa injusticia está asentada estructuralmente en el
mundo, con independencia objetiva de cada uno de los hombres. Más aún,
que no podemos cambiarnos hasta las últimas consecuencias, si no cambiamos
nuestro mundo. Educar para la justicia es por lo tanto educar para el cambio,
formar hombres que sean agentes eficaces de transformación y de cambio.
Ello requiere, según veíamos en la primera parte, un tipo de formación que nos
capacite para el análisis de las situaciones que en cada caso se pretendan
transformar y para la elaboración de unos planes y tácticas para conseguir
eficientemente las metas transformadoras y liberadoras. Esta tarea desborda
evidentemente la realidad de esta charla, aunque posiblemente no desborde la
finalidad de las Asociaciones de los Antiguos Alumnos. Opino que en su seno se
deberían fomentar iniciativas de este tipo a diverso nivel, con diversos grados de
coordinación, y con un amplio margen de pluralismo. Yo voy simplemente a
limitarme a indicar algunas actitudes muy generales, y también a llamar la
atención sobre la necesidad de fomentar una imaginación prospectiva que nos
haga tomar muy en serio la tarea de construir un futuro mejor para la humanidad.
1. Actitudes generales para promover el cambio
Sólo voy a enumerar tres actitudes generales que pueden contribuir
eficazmente al cambio, sobre todo si diversos grupos las van fomentando
mediante una acción coordinada.
Primera: Un decidido propósito de darle un tono de mucha mayor sencillez a
nuestra vida individual, familiar, social y colectiva, frenando así la espiral del lujo y
la de la competitividad social. Fiestas, regalos, trajes, joyas podrían ser el objeto
de drásticas reducciones, que no sólo permitirían prescindir de ciertas fuentes
de ingresos (quizás no tan limpias) o de reorientarlas generosamente hacia los
demás, sino que sobre todo actuarían como gestos simbólicos de tremenda
Un ejemplo muy simple: Fácilmente la celebración social de una boda de cierto
tono cuesta medio millón, o un millón de pesetas. Para conseguir la legítima satis-
facción entrañablemente humana, de la cercanía de los verdaderos amigos en
esos momentos, no es preciso ese derroche. Pero, si somos sinceros, no se
trata de eso; se trata ante todo de prestigio social y, con mucha frecuencia, del
egoísta y calculado «toma y daca» de los regalos. A la cuenta negativa hay que
añadir las perturbadoras consecuencias sociales: se fomenta la competitividad
social; los que comparten nuestro ambiente no pueden quedar por debajo o al
menos no pueden quedar mal: la próxima boda debe ser mejor aún, aun- que para
ello haya que ganar el dinero como sea; una vuelta de rosca más en el
tornillo del lujo y opresión, que se va así encajando cada vez con mayor
profundidad y fijeza en la estructura del mundo. El ejemplo cunde y los ambientes
menos pudientes entran también en el juego, gastando a veces lo que no pueden
ni tienen; al necio juego del prestigio se sacrifican entonces valores mucho más
satisfactorios y profundos.
¿Qué pasaría si un grupo de cristianos, confesando públicamente sus propósitos,
se decidiera a romper con los modos usuales de actuar? Una ceremonia sencilla y
verdaderamente religiosa, donde, por deseo explícito de los contrayentes, se
exalte el amor entre los esposos, que pretenden sostenerse mutuamente y formar
una comunidad abierta al prójimo y al servicio de una mayor humanización del
mundo; dicha ceremonia vendría completada con un encuentro frugal con los
amigos y la donación de una fuerte suma – la más fuerte de todos los gastos –
destinada a una obra de promoción humana.
El ejemplo vale, pero vale sólo como símbolo; símbolo que no serviría para nada
si no es expresión verdadera de una concepción nueva de toda la
existencia, que debe encarnarse en otros muchos detalles. Hay que formar
hombres y mujeres que no sean esclavos de la sociedad de consumo, que no
tengan como norma de vida ser y aparecer un poco más que los demás, sino que
se propongan, hasta como ideal, quedarse siempre un poco atrás, para así ir
desenroscando el tornillo del lujo y de la competitividad. Hombres y mujeres, que
en vez de sentirse impelidos a comprar todo lo que ha logrado comprar una
familia amiga, sean capaces de ir prescindiendo de muchas cosas, de las que
otros en sus mismos ambientes han prescindido, y de las que la mayoría de la
humanidad se ve obligada a prescindir. El antiguo consejo dado por los
moralistas, a la hora de determinar lo que era el lujo inaceptable para un cristiano,
se basaba en la directiva de asimilarnos, sin excesos, a lo que es habitual en
cada nivel social. Pero ese consejo está superado. Supone una sociedad
estática, preocupada por la justicia individual, pero que ni siquiera se plantea el
que la misma estructura social (que determina esos niveles clasificatorios de los
grupos sociales) sea ella misma una encarnación de la injusticia. Pero
precisamente ese es el caso, y sólo es profundamente moral una actitud que
tienda a desmontar y allanar los escalones socia- les establecidos. Desde otro
punto de vista, hay que formar hombres y mujeres verdaderamente libres y no
esclavos de la sociedad de consumo. Hombres y mujeres que ante los anuncios
de la televisión y los escaparates de los almacenes sientan la satisfacción de
poder exclamar, contentos de su propia libertad: ¡cuántas cosas hay que no
necesito! ¡de cuántas no soy esclavo!
Mucho más brevemente voy a insinuar la segunda y tercera actitud fundamental.
Segunda: Decidido propósito no sólo de no participar en ningún lucro de origen
claramente injusto, sino incluso de ir disminuyendo la propia participación en los
beneficios de una estructura económica y social, injustamente organizada a favor
de los más poderosos. No se trata ya de disminuir los gastos, sino, mucho más
radicalmente, de disminuir los ingresos basados en estructuras injustas. Ello nos
obliga de nuevo a marchar a contracorriente. En vez de tender a afianzar cada
vez más nuestra posición de privilegio, hemos de ir debilitándola a favor de los
menos favorecidos. En el seno de las Asociaciones de Antiguos Alumnos se
deberían hacer serios y sinceros análisis para determinar en qué casos y hasta
qué punto la participación en el producto social de los mejor situados (dueños
de grandes capitales, grandes industriales y financieros, profesionales bien
instalados, etc.) no supera lo que debería ser, si la estructura fuese más justa. Os
pe- diría que no os excluyáis demasiado rápidamente de este planteamiento;
estoy con- vencido de que toda persona de cierta posición social se ve
afectada por él, aun- que sea sólo en algunos aspectos, y aunque, respecto a
grupos todavía más favorecidos, resulte injustamente discriminado. Pero no
olvidemos que el punto decisivo de referencia son los verdaderamente pobres en
nuestros países y en el tercer mundo.
La tercera actitud está muy conectada con la anterior. Tal vez sea posible reducir
los gastos y llevar una vida mucho más sencilla, sin chocar demasiado con la
sociedad, aunque en el fondo le desagrade nuestra actitud y por ello precisamente
le haga bien. Pero si lo que pretendemos es reducir nuestros ingresos, en cuanto
que ellos nos vienen de nuestra participación en una estructura injusta, ello no es
posible hacerlo sin transformar la misma estructura. Entonces es inevitable que
los que se sientan con nosotros desplazados de sus puestos de privilegio adopten
una actitud de defensa y contraataque. Un recurso demasiado fácil sería la
renuncia a todo puesto de influjo.
En algún caso el procedimiento puede ser conveniente, pero de ordinario sólo
serviría para entregar el mundo entero en manos de los más egoístas. Aquí
precisamente es donde radica la dificultad de la lucha por la justicia y la aludida
necesidad de mediaciones. Pero aquí también podríamos hacernos
mutuamente luz en el seno de las Asociaciones de Antiguos Alumnos.
Deberíamos contar para ello con nuestros Antiguos Alumnos pertenecientes a la
clase obrera. Si bien el enfoque de esta segunda parte de mi conferencia se ha
movido en otras perspectivas, no conviene olvidar que los principales agentes de
transformación y de cambio han de ser los más oprimidos, de los que los más
privilegiados, al asumir su causa, son simples colaboradores instalados en los
puntos de control de la estructura que se pretende cambiar.
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