jueves, 4 de junio de 2015

Hombres y mujeres para los demás (1/3) Agentes de cambio


Pedro Arrupe

No olvidemos que, aunque la raíz del reino de la injusticia está en nosotros

mismos (y  por  ello  dedicamos  nuestros  mejores esfuerzos  a  nuestra  propia 

reeducación y  reforma),  esa  injusticia  está  asentada estructuralmente en el

mundo, con independencia  objetiva  de  cada  uno  de  los hombres. Más aún,

que no podemos cambiarnos hasta las últimas consecuencias, si no cambiamos

nuestro mundo. Educar para la justicia es por lo tanto educar para el cambio,

formar hombres que sean agentes eficaces de transformación y de cambio.

Ello requiere, según veíamos en la primera parte, un tipo de formación que nos

capacite para el análisis de las situaciones que en cada caso se pretendan

transformar y para la elaboración de unos planes y tácticas  para  conseguir 

eficientemente  las metas transformadoras y liberadoras. Esta tarea desborda

evidentemente la realidad de  esta  charla,  aunque  posiblemente  no desborde la

finalidad de las Asociaciones de los Antiguos Alumnos. Opino que en su seno se

deberían fomentar iniciativas de este tipo a diverso nivel, con diversos grados de

coordinación, y con un amplio margen de pluralismo. Yo voy simplemente a

limitarme a indicar algunas actitudes muy generales, y también a llamar la

atención sobre la necesidad  de  fomentar  una  imaginación prospectiva que nos

haga tomar muy en serio la tarea de construir un futuro mejor para la humanidad.

1. Actitudes generales para promover el cambio

Sólo voy a enumerar tres actitudes generales  que  pueden  contribuir 

eficazmente al cambio, sobre todo si diversos grupos las van fomentando

mediante una acción coordinada.

Primera:  Un  decidido  propósito  de darle un tono de mucha mayor sencillez a

nuestra vida individual, familiar, social y colectiva, frenando así la espiral del lujo y

la de la competitividad social. Fiestas, regalos, trajes, joyas podrían ser el objeto

de drásticas reducciones, que no sólo permitirían  prescindir  de  ciertas  fuentes 

de ingresos (quizás no tan limpias) o de reorientarlas generosamente hacia los

demás, sino que sobre todo actuarían como gestos simbólicos de tremenda

Un ejemplo muy simple: Fácilmente la celebración social de una boda de cierto

tono cuesta medio millón, o un millón de pesetas. Para conseguir la legítima satis-

facción  entrañablemente  humana,  de  la cercanía de los verdaderos amigos en

esos momentos,  no  es  preciso  ese  derroche. Pero, si somos sinceros, no se

trata de eso; se trata ante todo de prestigio social y, con mucha frecuencia, del

egoísta y calculado «toma y daca» de los regalos. A la cuenta negativa hay que

añadir las perturbadoras consecuencias  sociales:  se  fomenta  la competitividad

social; los que comparten nuestro  ambiente  no  pueden  quedar  por debajo o al

menos no pueden quedar mal: la próxima boda debe ser mejor aún, aun- que para

ello haya que ganar el dinero como  sea;  una  vuelta  de  rosca  más  en  el

tornillo del lujo y opresión, que se va así encajando cada vez con mayor

profundidad y fijeza en la estructura del mundo. El ejemplo cunde y los ambientes

menos pudientes entran también en el juego, gastando a veces lo que no pueden

ni tienen; al necio juego del prestigio se sacrifican entonces  valores  mucho  más 

satisfactorios y profundos.

¿Qué pasaría si un grupo de cristianos, confesando públicamente sus propósitos,

se decidiera a romper con los modos usuales de actuar? Una ceremonia sencilla y

verdaderamente religiosa, donde, por deseo explícito de los contrayentes, se

exalte el amor entre los esposos, que pretenden sostenerse mutuamente y formar

una comunidad abierta al prójimo y al servicio de una mayor humanización del

mundo; dicha ceremonia vendría completada con un encuentro frugal con los

amigos y la donación de una fuerte suma – la más fuerte  de  todos  los  gastos – 

destinada  a  una obra de promoción humana.

El ejemplo vale, pero vale sólo como símbolo; símbolo que no serviría para nada 

si  no  es  expresión  verdadera  de  una concepción  nueva  de  toda  la 

existencia, que debe encarnarse en otros muchos detalles. Hay que formar

hombres y mujeres que  no  sean  esclavos  de  la  sociedad  de consumo, que no

tengan como norma de vida ser y aparecer un poco más que los demás, sino que

se propongan, hasta como ideal, quedarse siempre un poco atrás, para así ir

desenroscando el tornillo del lujo y de la competitividad. Hombres y mujeres, que

en vez de sentirse impelidos a comprar todo lo que ha logrado comprar una 

familia  amiga,  sean  capaces  de  ir prescindiendo de muchas cosas, de las que

otros en sus mismos ambientes han prescindido, y de las que la mayoría de la

humanidad  se  ve  obligada  a  prescindir.  El antiguo consejo dado por los

moralistas, a la hora de determinar lo que era el lujo inaceptable para un cristiano,

se basaba en la directiva de asimilarnos, sin excesos, a lo  que  es  habitual  en 

cada  nivel  social. Pero  ese  consejo  está  superado.  Supone una sociedad

estática, preocupada por la justicia individual, pero que ni siquiera se plantea el

que la misma estructura social (que  determina  esos  niveles  clasificatorios de los

grupos sociales) sea ella misma una encarnación de la injusticia. Pero

precisamente ese es el caso, y sólo es profundamente moral una actitud que

tienda a desmontar y allanar los escalones socia- les establecidos. Desde otro

punto de vista, hay que formar hombres y mujeres verdaderamente  libres  y  no 

esclavos  de  la sociedad de consumo. Hombres y mujeres que ante los anuncios

de la televisión y los escaparates de los almacenes sientan la satisfacción de

poder exclamar, contentos de su propia libertad: ¡cuántas cosas hay que no

necesito! ¡de cuántas no soy esclavo!

Mucho más brevemente voy a insinuar la segunda y tercera actitud fundamental.

Segunda: Decidido propósito no sólo de no participar en ningún lucro de origen

claramente injusto, sino incluso de ir disminuyendo la propia participación en los

beneficios de una estructura económica y social, injustamente organizada a favor

de los más poderosos. No se trata ya de disminuir los gastos, sino, mucho más

radicalmente, de disminuir los ingresos basados en estructuras injustas. Ello nos

obliga de nuevo a marchar a contracorriente. En vez de tender a afianzar cada

vez más nuestra posición de privilegio, hemos de ir debilitándola a favor de los

menos favorecidos.  En  el  seno  de  las  Asociaciones  de Antiguos Alumnos se

deberían hacer serios y sinceros análisis para determinar en qué casos y hasta

qué punto la participación en el  producto  social  de  los  mejor  situados (dueños

de grandes capitales, grandes industriales y financieros, profesionales bien

instalados, etc.) no supera lo que debería ser, si la estructura fuese más justa. Os

pe- diría que no os excluyáis demasiado rápidamente de este planteamiento;

estoy con- vencido  de  que  toda  persona  de  cierta posición social se ve

afectada por él, aun- que sea sólo en algunos aspectos, y aunque, respecto a

grupos todavía más favorecidos, resulte injustamente discriminado. Pero no

olvidemos que el punto decisivo de referencia son los verdaderamente pobres en

nuestros países y en el tercer mundo.

La tercera actitud está muy conectada con la anterior. Tal vez sea posible reducir

los gastos y llevar una vida mucho más sencilla, sin chocar demasiado con la

sociedad, aunque en el fondo le desagrade nuestra actitud y por ello precisamente

le haga bien. Pero si lo que pretendemos es reducir nuestros ingresos, en cuanto

que ellos nos vienen de nuestra participación en una estructura injusta, ello no es

posible hacerlo sin transformar la misma estructura. Entonces es inevitable que

los que se sientan con nosotros desplazados de sus puestos de privilegio adopten

una actitud de defensa y contraataque. Un recurso demasiado fácil sería la

renuncia a todo puesto de influjo.

En algún caso el procedimiento puede ser conveniente, pero de ordinario sólo

serviría para entregar el mundo entero en manos de los más egoístas. Aquí

precisamente es donde radica la dificultad de la lucha por la justicia y la aludida

necesidad de mediaciones.  Pero  aquí  también  podríamos hacernos

mutuamente luz en el seno de las Asociaciones de Antiguos Alumnos.

Deberíamos contar para ello con nuestros Antiguos Alumnos pertenecientes a la

clase obrera. Si bien el enfoque de esta segunda parte de mi conferencia se ha

movido en otras perspectivas, no conviene olvidar que los principales agentes de

transformación y de cambio han de ser los más oprimidos, de los que los más

privilegiados, al asumir su causa, son simples colaboradores instalados en los

puntos de control de la estructura que se pretende cambiar.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario