Pedro Arrupe
Hacemos la tercera y última entrega de la conferencia del P. Pedro Arrupe, Esta conferen-
cia fue pronunciada en 1973 ante el Congreso Europeo de Antiguos Alumnos de los cole-
gios de jesuitas. En ella el P. Arrupe dibujó los trazos de personas espirituales, abiertas,
compasivas, comprometidas, y en constante actitud de servicio hacia los otros.
1. Actitudes generales para promover el cambio
3. El hombre “espiritual”
Llegamos al término de la charla donde quiero mostrar, cómo sólo el hombre de
Dios, el hombre “espiritual”, en el sentido de estar llevado por el Espíritu, puede
ser a la larga el hombre para los demás, el hombre para la justicia, capaz de con-
tribuir a una verdadera transformación del mundo, que vaya eliminando de él las
estructuras de pecado.
Con ello no quiero negar que existan hombres de radical buena voluntad que
compartan con los auténticos cristianos todas las notas expuestas en nuestra
exposición. En la medida en que ello sea así, ellos son a nuestros ojos los que
hoy se llaman “cristianos anónimos”, hermanos nuestros que, al amar radical y
sinceramente al hermano, aman a Dios y a su Cristo sin conocerlo. Les falta
sólo escuchar la Buena Noticia, el Evangelio que les explicite y lleve a plenitud su
fe, su esperanza y su amor. Me voy a limitar a dos rasgos especificadores de
este hombre “espiritual”. 3.1. La infusión del amor
El amor, según san Juan, parte siempre de Dios. Él tiene la iniciativa. No consiste
el amor en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos ha ama-
, y con ello nos ha transformado a su vez en fuentes de ese amor que tiene
las misma características del amor de Dios: amor entregado, amor que soporta el
desamor y soportándolo lo supera, amor que se deja matar por la injusticia de es-
te mundo, pero que, al morir, mata a la injusticia convirtiendo su triunfo en derrota;
amor que ama al enemigo con un amor transformador que hace amable aquello
que se ama y que, por tanto, lo convierte en amigo; amor, por fin eficaz y victorio-
so. Ese amor lo ha infundido Dios en nosotros por su Espíritu. Si lo tenemos y
amamos así a los hermanos, hemos nacido de Dios; si lo rechazamos y no ama-
mos así a los hermanos rechazamos el amor de Dios, la filiación divina, la her-
mandad con Jesucristo, y la recepción de su Espíritu2
. La misma fe cristiana es en el fondo fe en el amor3
rioso y por ello fundamento de nuestra esperanza. Por ello puede decir san
Juan: “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe”4
. 3.2. Discreción de espíritus
Este primer rasgo de nuestra vida en el Espíritu es sin duda el principal y el motor
de todo. Pero no basta. No basta con amar, hay que amar discretamente. Y
aquí es donde interviene el segundo sentido de lo que entendemos por hombre
“espiritual”. Este mundo concreto, del que tenemos que desalojar la injusticia que se instala
en nosotros y en la estructura de la sociedad, es de hecho un producto del influjo
conjugado del Espíritu Santo y del pecado. Por ello, en la lucha por la justicia,
necesitamos del don de consejo y discernimiento, del carisma de discreción de
espíritus, para saber separar lo que es de Dios y lo que es del pecado en cada
rasgo del mundo. No basta la observación ni el análisis sociológico de la reali-
dad. Hay quienes identifican los resultados de un análisis sociológico con los
“signos de los tiempos”, exponiéndose a tomar por obra de Dios lo que tal vez sea
efecto del pecado. La sociología nos proporciona sólo el material en bruto, sobre
el que ha de ejercitarse el discernimiento espiritual. Por medio de este discerni-
miento hemos de descubrir dónde está, y sobre todo dónde se adensa el pecado
del mundo. Y, entreverados en la misma trama, hemos de descubrir también los
signos de los tiempos, que nos pueden dar pistas de cómo hay que proceder para
desalojar el pecado de sus reductos.
Tampoco hay que descartar que la voz del Espíritu se dirija directamente a noso-
tros para enseñarnos y marcarnos nuevos caminos y soluciones. Pero sólo el que
posee el Espíritu es capaz de descubrir y entender adecuadamente al Espíritu,
donde quiera que se manifieste. San Pablo nos dice, que así como nadie conoce
“lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él”, “del mismo
modo, nadie conoce lo interno de Dios, sino el Espíritu de Dios”. Pero a continua-
ción hace esta tremenda afirmación: que nosotros hemos recibido “el Espíritu que
viene de Dios, para conocer las gracias que nos ha otorgado, de las cuales tam-
bién hablamos [...] sometiendo las realidades espirituales a criterios espirituales.
El hombre natural (psíquico) no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad
para él; y no las puede entender porque sólo el Espíritu puede juzgarlas. En cam-
bio el hombre espiritual lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarlo. Porque ¿quién
conoció el pensamiento del Señor para instruirle? Pero nosotros poseemos el
pensamiento de Cristo5
Hacemos la tercera y última entrega de la conferencia del P. Pedro Arrupe, Esta conferen-
cia fue pronunciada en 1973 ante el Congreso Europeo de Antiguos Alumnos de los cole-
gios de jesuitas. En ella el P. Arrupe dibujó los trazos de personas espirituales, abiertas,
compasivas, comprometidas, y en constante actitud de servicio hacia los otros.
1. Actitudes generales para promover el cambio
3. El hombre “espiritual”
Llegamos al término de la charla donde quiero mostrar, cómo sólo el hombre de
Dios, el hombre “espiritual”, en el sentido de estar llevado por el Espíritu, puede
ser a la larga el hombre para los demás, el hombre para la justicia, capaz de con-
tribuir a una verdadera transformación del mundo, que vaya eliminando de él las
estructuras de pecado.
Con ello no quiero negar que existan hombres de radical buena voluntad que
compartan con los auténticos cristianos todas las notas expuestas en nuestra
exposición. En la medida en que ello sea así, ellos son a nuestros ojos los que
hoy se llaman “cristianos anónimos”, hermanos nuestros que, al amar radical y
sinceramente al hermano, aman a Dios y a su Cristo sin conocerlo. Les falta
sólo escuchar la Buena Noticia, el Evangelio que les explicite y lleve a plenitud su
fe, su esperanza y su amor. Me voy a limitar a dos rasgos especificadores de
este hombre “espiritual”. 3.1. La infusión del amor
El amor, según san Juan, parte siempre de Dios. Él tiene la iniciativa. No consiste
el amor en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos ha ama-
, y con ello nos ha transformado a su vez en fuentes de ese amor que tiene
las misma características del amor de Dios: amor entregado, amor que soporta el
desamor y soportándolo lo supera, amor que se deja matar por la injusticia de es-
te mundo, pero que, al morir, mata a la injusticia convirtiendo su triunfo en derrota;
amor que ama al enemigo con un amor transformador que hace amable aquello
que se ama y que, por tanto, lo convierte en amigo; amor, por fin eficaz y victorio-
so. Ese amor lo ha infundido Dios en nosotros por su Espíritu. Si lo tenemos y
amamos así a los hermanos, hemos nacido de Dios; si lo rechazamos y no ama-
mos así a los hermanos rechazamos el amor de Dios, la filiación divina, la her-
mandad con Jesucristo, y la recepción de su Espíritu2
. La misma fe cristiana es en el fondo fe en el amor3
rioso y por ello fundamento de nuestra esperanza. Por ello puede decir san
Juan: “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe”4
. 3.2. Discreción de espíritus
Este primer rasgo de nuestra vida en el Espíritu es sin duda el principal y el motor
de todo. Pero no basta. No basta con amar, hay que amar discretamente. Y
aquí es donde interviene el segundo sentido de lo que entendemos por hombre
“espiritual”. Este mundo concreto, del que tenemos que desalojar la injusticia que se instala
en nosotros y en la estructura de la sociedad, es de hecho un producto del influjo
conjugado del Espíritu Santo y del pecado. Por ello, en la lucha por la justicia,
necesitamos del don de consejo y discernimiento, del carisma de discreción de
espíritus, para saber separar lo que es de Dios y lo que es del pecado en cada
rasgo del mundo. No basta la observación ni el análisis sociológico de la reali-
dad. Hay quienes identifican los resultados de un análisis sociológico con los
“signos de los tiempos”, exponiéndose a tomar por obra de Dios lo que tal vez sea
efecto del pecado. La sociología nos proporciona sólo el material en bruto, sobre
el que ha de ejercitarse el discernimiento espiritual. Por medio de este discerni-
miento hemos de descubrir dónde está, y sobre todo dónde se adensa el pecado
del mundo. Y, entreverados en la misma trama, hemos de descubrir también los
signos de los tiempos, que nos pueden dar pistas de cómo hay que proceder para
desalojar el pecado de sus reductos.
Tampoco hay que descartar que la voz del Espíritu se dirija directamente a noso-
tros para enseñarnos y marcarnos nuevos caminos y soluciones. Pero sólo el que
posee el Espíritu es capaz de descubrir y entender adecuadamente al Espíritu,
donde quiera que se manifieste. San Pablo nos dice, que así como nadie conoce
“lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él”, “del mismo
modo, nadie conoce lo interno de Dios, sino el Espíritu de Dios”. Pero a continua-
ción hace esta tremenda afirmación: que nosotros hemos recibido “el Espíritu que
viene de Dios, para conocer las gracias que nos ha otorgado, de las cuales tam-
bién hablamos [...] sometiendo las realidades espirituales a criterios espirituales.
El hombre natural (psíquico) no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad
para él; y no las puede entender porque sólo el Espíritu puede juzgarlas. En cam-
bio el hombre espiritual lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarlo. Porque ¿quién
conoció el pensamiento del Señor para instruirle? Pero nosotros poseemos el
pensamiento de Cristo5
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